RASGOS DE LA GUERRA DE CUBA - 2

CAPITULO IIII

 

Soledad

 

Si Zimerman se hubiese inspirado en las profundas soledades de estos bosques solitarios, el filósofo alemán no habría encomiado tanto la excelencias de la misantropía. Alejado de todo contacto con el mundo civilizado, oyendo por todas partes el estruendo de la guerra, contemplando bajo el cielo hermosísimo las amarguras de un pueblo mártir, su espíritu sombrío se hubiera entregado a dolorosas meditaciones que hubieran desgarrado el alma. Ese rumor que se levanta del seno de nuestros montes, ese estruendo que forman las aguas al despeñarse por entre piedras y por entre troncos seculares; ese ruido que el viento produce al agitar los árboles de la montaña; todo ese concierto solemne a veces, y a veces aterrador de la naturaleza entregada a si misma, lejos de la mano trabajadora del hombre, todo ese concierto, repito, hiere las fibras del sentimiento del ser pensador y de derrama sobre el espíritu profunda melancolía. Y si la noche envuelve el cuadro con su manto de tinieblas, y si las aves que ven entre las sombras hieren el aire con sus alas agudas; y si en vez de haber en los árboles pajarillos que trinen hay insectos que silban y trepadores nocturnos que hacen ajitar las ramas con movimiento pausado; y si el silencio de las tumbas pesa como una atmósfera de muerte sobre el alma acongojada, entonces parece que la tiranía nos contempla con sus ojos ensangrentados, que los árboles se han convertido en fantasmas inmóviles y que las luciérnagas vagan por entre las hojas de los arbustos son las almas de los mártires patriotas, que buscan sus hermanas en la tierra, y oímos el jemido del moribundo que cae herido por las balas del déspota; y vemos los cuerpos de nuestros hermanos pasar ante nuestros ojos cubiertos con el ropaje de los ajusticiados; y la voz del siglo, la voz de la patria, la voz de la libertad, hablan a nuestros oídos y nos excitan a la venganza, y hay algo que remeda el caos, y hay algo que se parece al vértigo que produce el torbellino, el palo seco que cae al fondo del abismo impulsado por su propio peso, difunde por el contorno su ruido tenebroso; es un esqueleto de los bosques que rinde su tributo a la tierra. Y si la luna sale tranquila y silenciosa, como el ojo del Eterno que se asoma por entre las cortinas del espacio; si se levanta por detrás de la montaña y lanza su luz tenue y plateada sobre la naturaleza entristecida, entonces sentimos que la melancolía se pone de nuestro lado, y el concierto de los montes varia completamente, y las aguas que saltan y que recorren por entre las peñas hablan el lenguaje de las hadas y de las sirenas. Se oye el suspiro de la amante que llora salir melancólico de entre las espumas del torrente; se percibe la queja de la joven abandonada entre los murmullos del arroyo; se ven pasar como ráfagas las tinieblas por la atmósfera transparente, las aves de la noche, los árboles parecen columnas de monumentos descoloridos por entre los cuales se ajitan los espíritus que vuelan: los rayos de la luna que se cuelan por entre las espesas ramas parece como que se arrepienten de penetrar hasta las profundidades del bosque; se ve un clari-oscuro que tiene algo del misterio de la muerte y algo de la tenue claridad que lanza la voz moribunda de un templo. La fruta que cae y el reptil que se arrastra por encima de las hojas muertas, producen indefinible zozobra; el grito de la siguapa remeda la voz del caminante estraviado que pide socorro, y trae a la mente la idea del desamparo y de la desesperación, se lucha en esta soledad con el insomnio que nos abre los ojos y con las ideas que nos abrazan la frente; la noche se viste con el ropaje de la eternidad y el día parece que se cubre con el de los años, la esperanza se pierde y el porvenir es oscuro como una ceguera incurable; los ojos ven pero lo que miran es indefinible; el alma está en el cuerpo; pero el cuerpo es la inercia; la conciencia se convierte en un silforama por donde pasan arremolinados los episodios de nuestra juventud; el presente nos ahoga entre el pasado y el porvenir; ¿a donde iremos a buscar consuelo pª. tantos dolores?¿A donde encontraremos la mirada de una madre, la mirada de una esposa y la sonrisa de unos hijos, que tranquilicen nuestro espíritu y derramen sobre nuestra frente paz y beleño?. Do quiera que volvemos los ojos nos encontramos solos; solos con nuestras amarguras y con nuestro heroísmo: somos como esos nautas osados, esploradores de mares desconocidos, que viendo combatida su nave por el viento y las tempestades del Océano; encayada entre montañas de nieve, sin esperanzas de salvación; sumidos en una atmósfera fría como la muerte y húmeda como el aliento de la tempestad; con la vista fija en un horizonte, cuyo brillo irrita los ojos y con un cielo que se estiende sobre sus cabezas como un sudario; esperando anhelantes que alguna vela se descubra como signo de vida en aquel desierto sin armonías, que algún marino audaz, también indagador de derroteros por donde la civilización y el progreso puedan abrirse paso, venga en alas de su entusiasmo por la ciencia y la humanidad a prestar su apoyo a los que se preparan a ser mártires de su arrojo por una empresa generosa, contra la cual oponen su pujanza todos los elementos combinados que el mar y el cielo encierran en sus misteriosas profundidades.

Y sucede a veces, que cansados esos hombres de esperar en vano, retiran su mirada del triste horizonte que los rodea, pª. convertirlos al estrecho límite del buque, donde se ajitan convulsivos, entre los horrores del hambre de las enfermedades y los sacudimientos con que el abismo les indica constantemente el inminente peligro que corren de perecer. Entonces la esperanza de socorro desaparece; el espíritu se reconcentra, los cuerpos se estrechan, las manos se tocan, los ojos brillan con el esplandor de la inmortalidad; y aquellos seres cuya vida pende de un sacudimiento; aquellos náufragos, que solos en su desgracia, parecen débiles ante el imponente cuadro de una naturaleza siempre conspirada contra la civilización y la humanidad; aquellos soldados de la ciencia y del progreso, se preparan al combate con los elementos, y como otros tantos Goliat, luchan con la ola y con el viento que los amenaza, y con la nieve que los envuelve, y con el dolor que los aniquila, y allí, donde parece que todo tiende a la destrucción y al rompimiento de cuanto lleva en si el sello del trabajo; allí, sobre el hielo flotante, resbaladizo, frájil, se levanta una barraca con los materiales que encierra la nave, se establece la vida y el movimiento, y el fuego sostenido a despecho de grandes inconvenientes, el fuego reparador, compañero del hogar; amigo íntimo del desnudo y del desamparado, porque lleva en si la luz y el calor, que son tan necesarios a la existencia del hombre como la lluvia pª. las plantas; el fuego, la llama consoladora, brilla y chispea, luchando con la atmósfera que la envuelve y tiende a apagarla, pero derramando el consuelo en unos cuerpos empapados, sobre unos seres que se ríen del peligro y que entonan cánticos de entusiasmo para alentarse mutuamente y desafiar la muerte, con el heroísmo de los mártires.

Así esperan los náufragos el día, el momento feliz en que la nieve se liquide y aparezca algún socorro inesperado; y llega al fin ese día y ese momento, porque la tenacidad y la perseverancia siempre alcanzan el triunfo. La nave vuelve al puerto y los marinos audaces alzan sus frentes con orgullo, con la convicción profunda, de que los hombres no son tales hasta que no luchan y se persuaden de su fuerza y de su poder.

Así también nosotros hemos tenido y tenemos nuestros días y nuestros meses de naufragio, en el mar desierto y sin límites de la Revolución. Cuando encayada la nave de la República y amenazada por el fuego y el hierro de nuestros enemigos, nos hemos cansado de esperar en vano el auxilio de nuestros hermanos del esterior; cuando hemos tenido que apartar nuestros ojos del espléndido horizonte que nos rodea, pª. convertirlos al seno de esta patria idolatrada, aquí hemos encontrado una especie de lactancia, que nos ha alimentado, y que ella guardaba pª. sus hijos más nobles y más generosos, y un manto espeso de bosques hermosísimos, donde hemos curado nuestras heridas y mitigado nuestros dolores. El fuego sagrado del patriotismo ha ardido constantemente en nuestros corazones, y la llama del vivac ha calentado nuestros miembros entumecidos por la intemperie, y alumbrado el cuadro sombrío de nuestros camptos. El rayo de la guerra nos ha venido a herir a estos centros de valor y abnegación, y ha subido a la altura de nuestras montañas más ocultas, pª. perseguir a los que la fatiga y el plomo han inutilizado; pero siempre se ha estrellado contra nuestra inquebrantable resolución. La ola se ha llevado a gran nº. de malos y cobardes patriotas, que se perderán incuestionablemente en el golfo de su abyección; el abismo de la muerte se ha tragado a otros, pero hemos quedado muchos esperando el buen tiempo, y al fin, vientos favorables nos impulsarán al puerto de nuestra dicha. Esta soledad que hoy nos envuelve y nos asfixia; esta soledad se trocará más o menos temprano, en el estruendo de las sociedades cultas y civilizadas: la paz y el trabajo levantarán sus himnos en la patria independiente, o nosotros sucumbiremos con la República, pª. vergüenza de los que, con la mayor indiferencia nos han abandonado a nuestros propios esfuerzos.

 

CAPITULO V

 

El Virginius

 

 

Como se vé, el epígrafe con que encabezamos este Capítulo, es el nombre que llevaba el barco de vapor en que el Brigr. Rafael Quezada nos ha introducido con gran éxito tres espediciones de parque, armas y otros materiales de guerra.

El apresamiento del buque de vapor, en que el Brigr. R. Quezada nos venía introduciendo alguna que otra espedición, es un acontecimiento que nos obliga a consagrarle un capítulo de esta pequeña obra.

El vapor Virginius, según se nos ha asegurado, fué construido en Inglaterra, y por su ligereza y otras superiores condiciones marineras, se dedicó a romper el bloqueo de los puertos del Sud de los Estados Unidos, cuando la guerra civil ensangrentaba los campos de la gran República. La marina de guerra de esa nación lo apresó, y después de terminada la guerra fué vendido con otros y consagrado por sus dueños al servicio de la marina mercante americana. No sabemos precisamente como a ser ultimamente propiedad del Gral. Manuel Quezada; pero si nos consta que este Gefe cubano, lo puso al servicio de Venezuela y a favor del partido que sostiene a Guzmán Blanco en esa República. Después, en Julio del 71, nos introdujo una pequeña espedicion de hombres y efectos de guerra; y dos años más tarde, en Julio del actual, nos volvió a introducir, con bien exito, recursos de más importancia. Volvía de nuevo a burlar el bloqueo ineficaz, con que España quiere ahogar a esta Isla y a los patriotas que han tenido la desgracia de nacer en ella, cuando a pocas millas de Jamaica le dio caza el vapor español Tornado, en la noche del 31 de Octubre ppdo. después de haber tenido que forzar su máquina de un modo tal, para alcanzarlo, que puso en peligro la existencia del buque y de todos sus tripulantes.

El Virginius había arrojado al agua su cargamento antes de que lo apresaran. Es sorprendente que dada su ligereza se hubiera dejado cazar tan facilmente por un barco. Traía a bordo 110 hombres, entre tripulación y espedicionarios, que fueron hechos prisioneros por el Comandte. del vapor enemigo, sin ninguna resistencia y trasladados con mas o menos consideración. Es sorprendente que dada la ligereza acreditada de nuestro buque se hubiera dejado apresar por otro de menos andar. El "Tornado", dueño ya de su presa lo condujo al Ptº. de Sgo. de Cuba. El león de Castilla llevó esas nuevas víctimas de su voracidad, pª. formar su festín con la fieras de la gran Antilla.

Era el sol del 1º de Novbe., el que iluminaba los campos de la patria, cuando entraron en el Pto. aludido, el buque apresado y el apresador, es decir, el día de difuntos; día en que los pueblos católicos como el español, se entregan al recogimiento y a la meditación, en que las campanas de todos los templos tocan a orar pª. conmemorar los muertos; en que los cementerios se abren y se iluminan y los sepulcros se cubren de flores y de lágrimas, en que el espíritu de la cristiandad parece que desciende a la tierra pª. consolar a los que lloran y recordarles lo que son en el mundo; en que el hogar esta triste al recuerdo de los seres queridos que lo alegraban y que dejaron de existir; en que vienen a la memoria, como llegan al oido las armonías del melancólico y lejano concierto, las remembranzas del pasado; en que solo se respira la atmosfera de las tumbas y el incienso de los altares; en que la voz del sacerdote es solemne y conmovedora, y la voz de la muerte parece que nos habla al oído, pª. prepararnos a hacer la entrada en su vasto y aterrador imperio.

Parece que todo estaba dispuesto pª. recibir los mártires, parecía que el genio de la eternidad había vestido los edificios y las calles de aquella ciudad con los crespones de duelo pª. que la entrada de las víctimas se hiciera más notable, y pª. que los corazones más empedernidos pudieran conmoverse, y todo indicaba que los prisioneros debían ser tratados con clemencia y conmiseración cuando menos, pero los chacales no entienden de esas cosas cuando presienten el olor de la sangre. Ni la solemnidad, ni la tristeza del día, ni el luto que cubría los templos, ni el llanto que tal vez se derramaba de ojos acostumbrados a llorar, ni la oración que se alzaba de labios puros y contraidos por los dolores, nada detuvo a los españoles pª. manifestar su regocijo, ante la idea de una carnicería pública y de un espectáculo a lo circo romano, que saciara su venganza y transmitiera a todos los ámbitos del universo la noticia de su triunfo. Las campanas que tocaban a muertos callaron y el silencio de los sepulcros se trocó en vocerío y algaraza. La religión se hecho a un lado pª. dar paso al báquico estruendo de los festines y de la música, la oración se ahogo en los labios, dominada por las carcajadas insultantes, y por los gritos descompuestos de los voluntarios; algo que se parecía a la risa maligna de que habla Prudhon estaba en los semblantes. Si España hubiera hecho un descubrimiento mejor que el que hizo Colón, no hubiera dado lugar a tanto clamoreo y a tanto gozo; cualquiera hubiera creído que se celebraba la muerte de la Revolución y que se acababa de cantar el Te-deum final. Pero se hubiera equivocado, desconociendo el carácter de nuestros enemigos; la cuestión se reducía a un poco más de sangre derramada inutilmente; a un alarde de rabia y de soberbia, indigno de pueblos civilizados. Los prisioneros eran 110; entre ellos el Gral. Bernabé Varona, que mandaba la espedición; fueron transportados del buque a la carcel entre el tumulto de la muchedumbre y el escarnio de los que iban a ser sus verdugos. Allí esperaron tranquilos y resignados la hora en que debía verificarse su suplicio.. El Comdte. Gral. del Departamento Juan N. Burriel, deseoso de llevar el solo la gloria del asesinato, como un laurel más a los que tendrá en su carrera de militar pseudo-republicano, no comunicó el acontecimiento al Catn. Gral. Pieltain so pretesto de estar roto el cable y procedió por su sola cuenta. Se negó a oir al Consul americano del Puerto, que trató de amparar a los Ciudadanos de la Gran República que figuraban entre los espedicionarios, y sometió, por de pronto, a un Consejo de guerra verbal, a los que, en su concepto eran cabecillas; es decir, al Gral. Varona, coronel O'Ryan, Ciudadanos Pedro Céspedes, Oscar Varona. Erminio Quezada y Jesus del Sol. La sentencia no se hizo esperar, fueron condenados a ser pasados por las armas. No puedo describir minuciosamente las peripecias de este cuadro sangriento, porque afortunadamente estoy muy lejos de hallarme en esos centros de desgracia que están dominados aun por nuestros enemigos. Se me ha comunicado desde allí, que todos murieron con el valor con que han sabido morir siempre los cubanos en esta guerra. El Gral. Varona dirigió algunas palabras a sus verdugos, amenazandoles con que, dentro de algunos meses la sangre que ellos derramaban haría correr la de los españoles a torrentes.

El Gral. Varona era un joven de 27 años, simpático y valiente. Figuró entre los conspiradores del Camaguey, donde había nacido. Su carácter fogoso lo hizo cometer algunas calaveradas que lo desacreditaron entre sus compatriotas. Por orden del Gral. español Lersundi fué preso y llevado a la capital de la Isla en Sepbe. del 68, acusandole de haber proyectado un levantamiento de negros; puesto en libertad regresó de nuevo a su Ciudad natal, y allí se encontraba, cuando estalló la insurrección entre los camagueyanos, dos meses después de haber regresado. Al frente de algunos patriotas lucho contra las tropas españolas hasta hasta que el Gral. Manuel Quezada desembarcó en Guanaja (Camaguey) con una espedición de armas y parque y 60 patriotas. A su lado empezó a servir Varona con el empleo de ayudante de su E.M. Era uno de los favoritos del indicado Gral., así por su viveza y resolución, como por identidad de caracter. Tenía entonces el grado de Coronel, después fué ascendido a Brigadier por el Gob. republicano con aprobación de la Cámara de R.R., y colocado al frente de algunas fuerzas se distinguió por su arrojo e intrepidez. Habiendole encomendado el referido Gral. Quezada el mando de una columna de ataque contra el fuerte español San José, en la línea de Nuevitas precipitó el asalto por su parte; se dejo engañar por el Gefe enemigo, so pretesto de rendirse con la tropa que defendía la trinchera del fuerte, y sufrió una derrota lamentable, por falta de pericia. En esa acción mató con su revolver un soldado patriota villareño, que según se dijo no quiso avanzar con la brevedad que el exigía. Por este hecho que no debo calificar, fué sometido a un consejo de guerra y absuelto. Más tarde recibió una herida ligera en el ataque de Las Tunas. Continuó después combatiendo a las órdenes del Gral. Jordan, depuesto ya el Gral. Quezada de su destino de Gral. en Gefe del E.L.. Siguió luchando con más o menos actividad a las ordenes del Mor. Gral. I. Agramonte, desde el momento en que ese Gefe fué nombrado de Operaciones del Distrito Militar de Camaguey. En (espacio) fué comisionado por el Gob. pª. organizar una espedición invasora de Occidente. En Junio del 70 se puso al frente de las fuerzas espedicionarias que había reunido y pasó la trocha camagueyana entre Ciego de Avila y Morón. Reunido en Sancti-Espiritu con parte de las fuerzas espirituanas, al mando del Brigr. Marcos García, proyecto atacar el fuerte de Lázaro Lopez, y contra las previsoras y juiciosas observaciones del Gefe espirituano indicado, lo atacó, no obstante los estragos en que en el estaba haciendo el cólera. Puede decirse que sufrió una derrota, después de haber saqueado parte del caserío ocupado por familias, sin atreverse a incendiar las tiendas, que estaban próximas al fuerte. Emprendió de allí la marcha para el atrincheramiento de de Yguará también con el objeto de asaltarlo. Lo atacó en efecto, sin otro resultado que el de haber pasado a cuchillo algunos cubanos indefensos y saqueado algunas casas de familia. El cólera invadió horriblemente su columna y a marchas forzadas se vio obligado a regresar al Camaguey. En recompensa por estos servicios el Gob. lo nombró Gefe de Operaciones en Sancti-Espiritu por renuncia del Brigr. Marcos García; pero las fuerzas espirituanas se sublevaron al saber el nombramiento y Varona tuvo a bien el no ir a ocupar el puesto, quedando en el Camaguey, bajo las ordenes del Gral. Manuel Boza. Más tarde siguió combatiendo al mando del Gral. Agramonte, hasta que en medio de las grandes presentaciones de los camagueyanos al campo enemigo, recurrió al Gob. por un pasaporte, pª. pasar al estrangero a organizar una espedición que ofrecía traer en breves meses. El Gob. por motivos que desconozco accedió a ello, y lo comisionó al efecto. Acompañado de dos o tres individuos se embarcó en un bote y después de algunas dificultades y peligros tuvo la fortuna de que vientos favorables los llevaron a Nassau. De allí partió a Nueva York y entró a figurar entre los patriotas emigrados. De los servicios que en esa ciudad prestó a la Revolución y de su comportamiento como hombre honrado, que se había consagrado a la causa de su patria, no puedo decir una palabra; porque a gran distancia de de aquel centro de civilización y progreso donde se ajitan nuestros hermanos movidos por un espíritu de partido inconveniente, lo que nos comunica, no puede servirnos de base, pª. formar un juicio que tal vez verá la luz pública, sobre todo, cuando ese juicio se refiere a la conducta de un hombre a quien se le hacen algunas acusaciones más o menos graves. Solo diré para concluir esta ligera biografía, que después de años de vivir en el estrangero, el Gral. Varona, se acordó que era un Gefe militar cubano, que tenía compromisos con la República y con los patriotas que por ella combaten, y sin que sepamos porque medios y de que manera, tomó el mando de la espedición apresada, dejó la vida cómoda y plancentera de las Ciudades de la Unión americana y se dispuso con un centenar de compañeros, a introducirnos algunos recursos de guerra, a venir a compartir con nosotros, la vida agreste y llena de dificultades y peligros, que años anteriores había soportado a nuestro lado.

El hado adverso no quiso que volviera a contemplar estos campos donde se meció su infancia y donde por primera vez empuñó su espada pª. herir a nuestros dominadores. Su sangre derramada valientemente en holocausto de la patria, es suficiente pª. limpiar cualquier mancha que tenga su vida borrascosa, en medio de la cual, siempre estuvo dispuesto a sacudir el yugo de España, con ese espíritu caballeresco que le era peculiar, y con un valor denodado, que no desmintió ante la cuchilla del verdugo.

No satisfecho el Comandante Gral. Burriel y los voluntarios con el fusilamiento referido y con paseando las cabezas de los mártires por las calles clavadas en unas picas, aumento la carnicería hasta 57 victimas, que murieron lanzando sus sombreros al aire al grito de Viva Cuba!. Los 60 restantes permanecen en la Carcel esperando esperando que les llegue su turno. Entre los fusilados y presos aparecen algunos como subditos de la Gran Bretaña y muchos americanos, que no han encontrado ninguna protección por parte de los consules. Solamente se nos ha comunicado que un Contra-Almirante inglés ha llegado a aquel puerto y ha pedido clemencia pª. los prisioneros: el comandte. de la "Niobe".

Yo se bien que el apresamiento del Virginius es un asunto de derecho internacional, que proporcionará mucha materia a los periódicos americanos pª. que llenen sus columnas. Habrá mucho clamoreo, mucha indignación y muchas manifestaciones de simpatía a favor de nuesta causa; pero el Gob. de Washington será sordo a tales muestras de respeto y consideración a los fueros de la humanidad y la civilización y arreglará el asunto con el Gabinete de Madrid, del modo que más convenga a sus intereses, y no a los intereses de la política Continental, que es la política de la República, la política de la democracia y la política que debía respetar una nación, que tiene a orgullo haber realizado el ideal de los pueblos libres del Universo.

El Virginius desaparecerá de la escena revolucionaria, e irá a aumentar las naves del tirano pª. que trocando su papel, concurra a poner obstáculos a los que nos auxilian, pero eso no será más que un azar de la guerra, que ni es el primº. ni será el ultimo. La sangre de los mártires fructificará, aunque cueste más sangre; y si los patriotas emigrados, como es de esperarse, poseídos de noble indignación, contribuyen a socorrernos eficazmente, no será preciso que ninguna potencia del mundo nos ayude con su interesada protección, pª. que España pague muy cara su barbarie y salga avergonzada de último baluarte de sus conquistas y su dominación en America.

 

CAPTº VI

 

Los niños de la guerra

 

Son los niños en todas las guerras objeto del mayor respeto y consideración. Seres inocentes que no ofenden a nadie y que no son más que los testigos curiosos y tímidos de los grandes acontecimientos que agitan a las sociedades, siempre van agrupándose al lado de las mujeres y de los ancianos para precaverse de los desastres de la lucha cuando las armas son las razones que emplean los hombres pª. dirimir sus cuestiones. Grupo aparte forman en todas las contiendas de los pueblos, esas criaturas, que por sus pocos años, por su vejez, por su sexo, o por sus achaques, están exentos de entrar en pelea, grupo que se aleja siempre del peligro por la mano misma de aquellos que lo promueven y que lo buscan, porque por encima de todos los odios y todas las pasiones, están la humanidad y la civilización y el respeto que inspira el sexo débil, la ancianidad y la infancia desgraciadas.

Pero en la guerra de Cuba sucede lo contrario de lo que ha sucedido en todas las guerras que registra la historia. La matanza ha sido general por parte de nuestros enemigos, cebándose especialmente en las partes más débiles y más inofensivas de nuestra sociedad.

Cuando la insurrección tomó incremento, las familias de los patriotas dejaron las ciudades y los caseríos pª. refugiarse en el campo, y allí encontraron, al principio, tranquilidad. Después el Conde de Valmaseda inició una política horrible y una guerra de persecución, que es bien conocida, y que trajo como consecuencia el desconcierto y la desesperación pª. las infelices cubanas, que fueron muchas veces víctimas con sus hijos de la cuchilla de los soldados del déspota. El hambre y las enfermedades las persiguieron por todas partes, si que nuestras tropas débiles, sin recursos, y poco aguerridas todavía pudieran favorecerlas. Aún blanquean al son en nuestros caminos y se ven en nuestros montes, los restos amontonados y dispersos de esos seres desgraciados, que la rabia y la barbaridad de los españoles hizo blanco y punto principal de sus operaciones militares. Cuando la historia de esta lucha se escriba, se pondrán a la espectación del mundo civilizado los cuadros de sangre inocente derramada sin compasión alguna, a nombre de la nación española y por mandato de ese tigre sin entrañas que que se llama General Blas Villate. Entonces caerá sobre los criminales el anatema universal de los pueblos cultos y España recogerá el fruto de sus desaciertos y de su dominación férrea y escandalosa, en el desprecio que infunda su nombre donde quiera que se pronuncie.

Pero hoy debemos de conformarnos con narrar algunos hechos y entrar en algunas consideraciones, que me son necesarias al fin que me propongo en este capitulo, sintiendo que la situación en que me encuentro colocado no me permitía tener a la mano los datos precisos pª. ser más exacto en mis juicios; pero mis lectores disimularán esa estricta exactitud que no puedo ofrecerles, en la seguridad de que habiendo sido casi siempre testigo ocular de lo que narro, estoy muy próximo a acercarme a la verdad más incontrovertible.

Limpios nuestros campos de la mayor parte de las familias que los ocupaban, por haber caído prisioneros o por haberse visto en el doloroso caso de presentarse a nuestros enemigos, quedaron algunas en las profundidades de los bosques, llevando una vida azarosa y casi salvaje, y sometidas a una persecución tal, que solo puede compararse a la que se ejerce sobre las fieras. Es de suponerse la situación a que se vieron sometidas, sobre todo los niños, que no tienen siquiera la fuerza moral pª. resistir las contrariedades de la vida material. Diezmados por las contrariedades y por el hambre, han ido desapareciendo de la escena revolucionaria, como esas flores que el huracán se lleva entre sus alas diáfanas; y los que han quedado entre los estragos de la tormenta, parecen plantas débiles que vegetan en las ruinas de nuestros hogares destruidos, sin ser favorecidos por el calor y la luz del sol.

Yo he visto y los veo a cada paso en esta existencia nómada, que me hace recorrer constantemente el territorio de la Revolución; yo los he visto y los veo con el corazón destrozado por una pena profunda, que no han podido atenuar los cinco años de sufrimientos que llevo y la costumbre de contemplarlos casi diariamente.

Siempre han sido para mi los niños objeto de cariño y agasajo. Sus blandos cabellos, sus manecitas confiadas, que todo lo tocan sin recelo y por curiosidad, sus ojos limpios, en que se retrata la inocencia; sus mórbidas megillas; su lenguaje infantil; su risa, su llanto, cuyas lagrimas se desprenden por entre esas pestañas espesas, sus juegos y sus travesuras; todo ese conjunto seductor de la niñez afortunada, me ha llamado la atención en tiempos más tranquilos y cautivado toda mi atención y todos mis cuidados. La guerra me separó de esos cuadros de familia, y destrozó también el nido de mis amores, dejando en mi alma un vacio que no podré llenar. Por eso siento ante los niños desvalidos una sensación que no me es posible dominar y que me obliga en esta guerra a traerlos a mi lado pª. consolarlos y favorecerlos. Recuerdo que un día antes del ataque de Las Tunas en Agosto del 69, encontrándome en el Ojo de Agua de los Melones, donde estaba la tropa camagüeyana acampada, se presentó un niño ante el Gral. Manuel Quezada y pidió que le dieran una carabina pª. concurrir al asalto. Yo me sentí arrastrado hacia él. No contaba más de diez años, era blanco y tenía un aspecto enfermizo, sus ojos estaban diáfanos y sus labios pálidos, y movidos por una sonrisa dolorosa, que descubría unos dientecillos mal cuidados. Interrogado por el indicado Gral. sobre lo que pensaba hacer con el arma de fuego que pedía, respondió: que estaba resuelto a morir por Cuba matando españoles, que estos lo habían dejado huérfano, asesinando a sus padres en Holguín donde él había nacido, y que quería vengarlos.

El Gral. lo hizo objeto de sus agasajos, y le aconsejó que no es espusiera a las balas enemigas: que esperara a ser hombre pª. llevar su deseo. Desapareció al poco entre el tumulto de camptº. y no se supo más de él. Al día siguiente, se efectuó el asalto, y cuando estraían de la población los heridos en medio de una lluvia de proyectiles, que derramaban la muerte por todas partes, el niño, le quitó a un moribundo su rifle, avanzó resueltamente hacia una trinchera y una bala le atravesó el corazón.

Mucho tiempo después, en Dicibe. del 70, estando yo en operaciones con el Gral. Modesto Diaz, en el Distrito de Bayamo, después de un combate glorioso para nuestras armas, ví un niño que lloraba, en medio de la tropa, fatigada por la lucha. Tenía su carabina al lado, y atrajo mi atención su llanto. Le pregunté porque estaba aflijido, y me enseñó una ulcera, que tenía en un pie y que estaba sangrando. Me refirió que no tenía doce años, que era soldado hacia algún tiempo, que los españoles lo habían dejado huérfano, asesinando a sus padres, y que no soltaría la carabina hasta que no lo mataran o se concluyera la guerra. Estaba casi desnudo y estenuado por la privaciones. Le propuse que se viniera a mi lado, que yo lo socorrería, y se resistió completamente. Continué viéndolo en su compañía, sometido a la ordenanza y a los servicios del Ejercito y pocos meses después lo perdí de vista, pues tuve que separarme del Distrito de Bayamo.

El año ppdo., en Dicbe. concurrí al ataque de Holguín, y poco después de haber abandonado la población, que quedaba ardiendo, cuando ya el día empezaba a iluminarnos, un soldado se me acercó y me regaló una cajilla de cigarros. Fijé mis ojos en él, y me pareció que lo conocía, él entonces se adelanto a decirme su nombre, que en estos momentos no recuerdo; y me vino a la memoria el niño de la úlcera. Era el mismo que tenía delante, estaba bien vestido y lucía un blanco sombrero sobre su cabeza, que había tomado en medio del asalto en un establecimiento de la población atacada. No tenía todavía el aspecto de un hombre pero estaba más desarrollado y robusto. Me refirió algunas peripecias del combate, y al toque de una corneta me abandonó pª. ocupar su puesto en su compañía.

En Mayo del 72, marchaba el autor de estas lineas al lado del Mor. Gral. Máximo Gómez, con sus compañeros del Congreso y del Gob. de la República, por el Distrito de Cuba, en dirección a Guantanamo; y tras una marcha difícil por entre las montañas escabrosas, descendimos al cauce profundo que forma el "Piloto" entre dos lomas empinadas. Allí nos sorprendió la noche y tuvimos que hacer alto en una pequeña vega, donde había algunas labranzas, cultivadas por un ranchero. Agoviados por el cansancio y por el hambre, tendimos nuestras hamacas bajo los ranchos de la familia del patriota labrador, y bajo los árboles de la ribera. Yo, tuve la suerte de colgar la mía en un pequeño bohío que servía de cocina: a mi lado colocó también la suya el Tente. Coronel Fernando Figueredo, Ayde. del Presidente Céspedes. Un asistente nos trajo un pedazo de chorizo de sangre de caballo, sin sal, y unos boniatos asados, que era lo único que teníamos para que comer. Nuestro opulento banquete, llamó la atención de un niño, que se encontraba cerca de nosotros y que no habíamos notado. Se acercó al Tente. Coronel Figueredo, le estiró la mano y con voz tímida le pidió de lo que comía. Al principio esa franqueza mambí produjo en nosotros alguna hilaridad, pero el aspecto del pequeñuelo era tan doloroso y su mirada tan suplicante, que nos movió el corazón, y mi compañero, en un arranque de su carácter generoso, lo tomó en sus brazos y se lo sentó en sus piernas. Esta manifestación de agasajo produjo una alegría indescriptible en el niño y empezó a hablar como una cotorra y a contarnos su pequeña historia. No había alcanzado todavía seis años, era de color, estaba completamente desnudo y en su corta edad había vivido tanto como un hombre; tales eran las desgracias que había sufrido. Como una flor entreabierta por el vendabal que está próxima a morir por falta de rocío, se sintió reanimado del calor de nuestra compasión y arrullo de nuestras frases cariñosas. Nos refirió que era huérfano y desgraciado, que su padre había sido asesinado por los españoles, estando enfermo en una rancho de un bosque de Holguín, que su madre lo llevó a un punto nombrado Campechuela, cerca de Mayarí, que allí había vivido solo con otro niño de la familia, de mucho más edad que él; que un día salió su compañero a buscar recursos al monte y quedó solo con su madre, que esta a poco se acostó sobre una cama de cujes y permaneció acostada todo el día, hasta que por la tarde, hostigado por el hambre, trató de llamarla y notó que estaba muerta; que entonces se colocó a su lado y permaneció despierto durante toda la noche. Nos describió el aspecto que presentaba la difunta con sus grandes ojos abiertos y su vientre levantado, con una espresión tal, que no era concebible en un niño de tan corta edad. Después agregó; que al amanecer del día siguiente, se presentó el otro muchacho, que había salido por recursos, y notando lo que había pasado, mientras se había encontrado fuera, recogió un perol y unos utensilios de cocina, que formaban el único capital de su madre; le puso fuego al rancho, e iluminados por la luz siniestra de aquel incendio se pusieron en camino, hacia el bohio de un vecino cercano. De allí pasó al abrigo de una familia, que lo trató muy mal, y por último, lo habían conducido al lugar, donde se encontraba, bajo el amparo del dueño de la labranza, que nos había dado alojamiento.

Continuó conversando con nosotros mucho rato, hasta que el Gefe del Campamtº, hizo tocar silencio, y fué preciso obligar a nuestro amigito a que se fuese a dormir. Hasta de que amaneciera emprendimos marcha, y no he vuelto a tener noticia del huérfano de la labranza del ranchero del Piloto.

Tal vez había muerto ya envenenado por las miasmas que se desprenden de aquel rio, que como otros que se precipitan entre las lomas de la Maestra, ejercen una perniciosa influencia sobre la salud de los patriotas que habitan sus riberas montañosas. Tal vez su naturaleza se habrá acostumbrado al dolor y a la miseria, y con su macuto a las espaldas, subirá las lomas y penetrará en los montes, pª. estraer la miel de las colmenas, y coger la fruta de los árboles, acompañado de algún muchacho de más años y más vigoroso. De cualquier modo que sea, la historia de ese niño, es la historia de otro muchos que la Revolución ha convertido en mártires, sin que ellos tengan conciencia de su inutil sacrificio.

No me ha sido posible conservar los nombres de esos seres inocentes, cuyos padecimientos dejo referidos. En el torbellino de la contienda, hemos perdido hasta las reliquias de familia, y con ellas no parecerá estraño que se nos hayan estraviado también nuestros apuntes históricos. Solamente retengo en la memoria en nombre de un muchacho valientisimo, a quien tuve lugar de interrogar pocas horas después del combate del Zarzal, en Junio del año actual del 73. Llamábase Justo Traba. Era de color, apenas contaba trece años; pero aparentaba menos, estaba bien vestido y tenía al hombro una carabina Remintong. Se encontraba llorando en los momentos es que me acerqué a él. ¿Porque estás llorando mambisito? le pregunté.-Lloro, me respondió, porque han muerto a mi padre en el combate, sin estar yo a su lado- ¿Y donde te encontrabas tu cuando sucumbió. - Me encontraba a corta distancia de él; pero no podía verlo por el humo del tiroteo- ¿Como se llamaba tu padre? -El Cpn. Martín Traba, me dijo- Este Capn. era un hombre negro, de estraordinario valor. Había alcanzado el grado a fuerza de acciones notabilisimas; una imprudencia, hija de su denuedo, lo hizo caer muerto de un balazo en el pecho. Y bien, le dije al soldadito, ¿qué piensas hacer tu ahora? -Que voy a pensar Ciudanº., me dijo: seguir luchando en mi Compñª. con tanta más razón cuanto que ahora tengo que vengar la muerte de mi padre. -¿Que grado tienes? -Soy sargento 2º- (He aquí a un Gefe de nuestro Ejército, si la guerra se dilata, me dije a mi mismo). -¿Y cuantos tiros disparastes hoy en la pelea? -Cincuenta y tres -Vistes de cerca a los españoles? - Maté a un Gefe con mi machete, sobre el convoy, que guardaba con los heridos, y tomé allí este pequeño botín que ve V. aquí (me lo enseñó). En medio de estas preguntas y respuestas, corrían las lagrimas por las mejillas del niño patriota, que era hijo único y había acompañado su padre, desde el principio de la guerra a todos los combates ha que había concurrido. Su hoja de servicios es admirable y digna de figurar entre las notabilidades de esta lucha.

Tal vez mañana una bala venga a cortar esa existencia tan preciosa, sellando con la sangre de un inocente el sacrificio que solo los hombres estamos obligados a hacer por la patria. Ejemplo que debería llamar la atención de todos aquellos cubanos, que apreciando su vida y sus intereses en más de lo que valen, se olvidan de sus deberes de patriotas, pª. llevar una existencia tranquila, lejos de todo peligro, cuando el estruendo de nuestras armas y la voz de la libertad, los llaman al campo de la contienda, pª. salvarlos de la esclavitud en que viven sumidos y declarar independiente el suelo donde nacieron.

Mañana, cuando la victoria final corone nuestros esfuerzos, el nombre del Sargento Justo Traba se pronunciará en todas partes, con más respeto y consideración, que el de cualquiera de esos potentados, dueños de Ingenios, que solo viven pensando en el azucar, que el sudor y la sangre de sus esclavos hacen brotar de la ardiente paila, donde debería irse a purificar su conciencia, cargada con el peso y la corrupción de tantos crímenes.

Yo podría presentar a los ojos de mis lectores mil rasgos de la existencia de los niños en esta guerra, pero ya este capitulo se ha alargado mas de lo regular, dada las dimensiones que debe tener esta pequeña obra y la poca importancia histórica que le consedo. Concluiré, pues, manifestando que en nuestro Ejercito existe un gran nº de soldados que no pasan de 16 años y que han venido formandose en medio de la Revolución pª. ser hoy los heroes de mil combates y sucumbir mañana, como sucumben a cada paso, sin que sus nombres pasen siquiera a la posteridad con el lustre que les dan sus sacrificios.

Esos niños que vagan por nuestros bosques, desnudos y estenuados por el hambre y las enfermedades, en busca de frutas y jutias con que alimentarse; que van a los campamentos enemigos, sin temor alguno, pª. estraer animales y viandas pª. sus familias; que cargan a la espalda un lio con el cual moriría de fatiga un hombre de las ciudades, y que son la reserva de nuestro Ejercito; esos niños, repito, cuya infancia no tiene alegrías y cuya razón se ha desenvuelto, antes de tiempo, movida por la desgracia; bien merecen que les hayamos consagrado estas lineas, pª. que el corazón de algunos lectores lata a impulsos de un sentimiento generoso, y para que a su memoria dedique siquiera un gesto de admiración y de aplauso.

 

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