Rasgos de la Guerra de Cuba - 3

CAPITULO VII

 

 

El ranchero

 

Voy a presentar a los ojos de mis lectores a un tipo originalisimo, especial de esta guerra, que solamente es conocido por los patriotas combatientes. El ranchero (o majá) no se parece al gaucho de Buenos Aires, ni a ningún otro tipo americano; se parece a si mismo, tiene su fisonomía, sus lineamientos, sus costumbres, que no ofrecen semejantes en ninguna parte. Es una mescla de salvaje y de hombre más o menos civilizado, una mescla de titán y de pigmeo, digna de que Victor Hugo la dibuje con su pluma, como una de esas creaciones de su portentosa imaginación, que solamente en esta lucha sin ejemplo, hubiera podido surjir entre los escombros y la desolación de un pueblo, que ha llegado a realizar lo que parecía imposible.

El ranchero ha nacido en los campos de Cuba. Los hay blancos, negros, mulatos, indios morenos y hasta albinos; pero sus modos de existencia, sus trabajos, y sus circunstancias especiales dan a su fisonomía un color indefinible. Sus ojos acostumbrados a ver entre las sombras, se plegan ante la luz del sol, sus brazos desnudos y desarroyados están inclinados hacia atrás, tirados por las cuerdas del saco que acostumbran llevar cargado a las espaldas, sus piernas son ajiles y musculosas, como las del gamo, sus pies y sus manos han tomado la forma de la garra, a fuerza de levantarse sobre los precipicios, para castrar las colmenas, o sobre los árboles pª. coger las jutias, su vientre está a veces undido por el hambre y a veces levantado, como la manifestación ostensible, de una enfermedad, producida por una alimentación impropia de un ser racional y poco nutritiva; el cabellos en unos es largo, y en otros está cortado a filo de cuchillo, a raíz del craneo. Viste un traje indescriptible, que es compuesto de cortezas de árboles, y de trapos viejos, calza zandalias de majagua que el mismo se fabrica caminando; lleva sombrero, gorra o turbante, el machete que porta no tiene a veces mango y casi siempre parece una lengueta de serpiente; en la canana de cueros de jutia mal curtidos carga el mechón y la piedra de chispa para hacer candela. Su oído percibe la caída de una hoja y su nariz tiene el olfato de un perro. Su conjunto, en fin, es un conjunto de animación y de viveza, que tiene algo del jíbaro de nuestros montes, algo del venado y algo de la zorra.

Este es el ranchero, desde el punto de vista puramente físico; pero si lo contemplamos con los ojos de la filosofía, entonces se produce en el espíritu una violenta conversión, y el patriota aparece iluminado por la luz del martirio.

Los hombres del Ejercito lo llaman majá, no porque se esconda pª. huir del peligro, que a cada momento desafía, si no porque tiene su habitación en las oscuridades del bosque. El la abandona pª. servir de práctico, él presta además el servicio de correos, él espía los movimientos del enemigo, en los mismos atrincheramientos; el señala el lugar donde deben acampar nuestras fuerzas; lleva las tropas donde existen subsistencias, indica donde deben colocarse las avanzadas; ayuda a cargar el parque que importan a nuestras playas las espediciones del estrangero, lo guarda y custodia, cura y proteje los enfermos y los heridos, reparte miel y velas entre los soldados, cultiva el campo en beneficio del Estado, y desafía la tempestad; desafía la lluvia; desafía las distancias; desafía todos los peligros que pueden presentarse, pª. llevar al Gob. Central de la nación o a los cuarteles Grales. una noticia que le parece importante.

Por donde quiera que camineis en el territorio de la revolución, encontrareis uno de estos hombres, que os sale al paso; porque sabe distinguir perfectamente, quienes son los amigos y quienes los enemigos. No hay vereda que no conozcan, ni palo alguno en el monte de que no os dé cuenta; acorta las distancias haciendo caminos, solamente practicables para los patriotas, y atraviesa a rumbo de montañas, cuando el enemigo intercepta el paso. Si vais a las ciénagas lo veréis allí convertido en un Golliat de los pantanos y de los juncales. Su casa compuesta con ramas, o con cuerdas, sobre estacas, parece, a veces, que flota sobre las aguas; tiene una piragua para cruzar los esteros, tiene su caballo pª. enlazar el ganado y su perro que no ladra pª buscarlo; pezca con redes y con nazas y aprisiona las jicoteas con jamos; hace sal en la costa, del agua del mar, que pone a hervir en un caldero, caza con su carabina y saca el cangrejo de su cueva, cuando no encuentra otro alimento; tirotea al enemigo parapetado detrás de un palo, cuando se acerca a sus dominios; es una especie de caimán que se esconde entre las yerbas acuáticas, cuando teme el peligro y que sale a la superficie del estero, cuando quiere hacer presas. Ni el jaguey, ni el mosquito, ni el jejen le hacen daño; su piel curtida por el sol, tiene la consistencia de la del hipopótamo; come de pie y mira a todos los lados con desconfianza; el canto de un judio lo hace poner en guardia; su familia es el objeto de todos sus cuidados, la patria es su ídolo y la guerra su elemento; primº fue soldado, y después se ha convertido en jigante; cae a veces en las garras del enemigo, por alguna traición, o por un descuido, pero muere gritando Viva Cuba!.

Este es el ranchero más feliz de todos los de su clase, y si os dirijis a las lomas de la Maestra, allí encontrareis el Golliat de la montaña: tiene las mismas costumbres que el de la ciénaga y los mismos hábitos con la diferencia, de que, el campo de sus operaciones es distinto: el de la Sierra no tiene caballos ni redes, ni piragua, porque no le hace falta. Su rancho lo situa al borde de un arroyo, en las concavidades de las lomas mas elevadas; no hace trilla pª. salir a los caminos porque salta como un venado para evitarla; sigue un rastro entre el monte como un indio en Norte America, aunque sea de un solo hombre; abandona al alba su guarida y le lanza en busca de recursos pª. su familia, o a prestar servicios a la República; regresa por las noches cargado como una aveja llevando a la espalda un catauro enorme de llaguas, que puede contener medio buey, pero que no contendrá seguramente otra cosa que la subsistencia que le ha producido el monte; atraviesa con su carga 18 y 20 leguas por entre rocas y precipicios; va a la costa a cargar parque o a hacer sal, y allí se alimenta con cocos y con miel, comiéndose a veces con la mayor tranquilidad, la cera que forma el panal; caza el andarás entre los palos huecos, con una facilidad admirable; con el aceite de coco, con algunas yervas, con la yuca de la guáyara, con zalpiñones del bosque, y con otros elementos que produce la tierra, ha formado su arte culinaria mambí que tiene sus atractivos gastronómicos; fabrica zapatos de majagua y frazadas de guacacoa, que podrían alcanzar precios en alguna esposición manufacturera; es en fin un hombre estraordinario, que lleva en su sangre el espíritu de la libertad y en toda su fisonomía el desprecio a los peligros y a la muerte; que odia a los españoles por instinto, que mira al cielo y piensa que Dios protege nuestra causa, y prepara pª. este suelo infortunado las recompensas del martirio de sus hijos, en los beneficios de una cercana independencia y de un triunfo decisivo sobre los tiranos.

Los rancheros de los llanos montuosos, son menos importantes, bajo el punto de vista de su fortaleza, de sus trabajos y de sus costumbres; pero prestan los mismos servicios a la Revolución y son más astutos y más precavidos, por estar más sometidos a la persecución de nuestros enemigos, alrededor de cuyos camptos, merodean pª. captarse voluntarios españolizados, formar conspiraciones entre ellos, con el fin de que entreguen los fuertes y estraer parque y efectos ultramarinos.

No concluiré este capitulo sin consignar aquí el nombre de uno de esos patriotas que habita cerca de los grandes y hermosísimos pinares de Mayarí. Se llama Pedro Montolla; desde el principio de la guerra está en ella, y no hay ejemplo de que nunca haya desfallecido su espíritu. Es mulato y tiene más de 50 años. Mantiene una numerosa familia. Distintas ocasiones lo he encontrado en mi camino, pª. tener lugar de admirarlo. Tiene una fisonomía simpática y resuelta, y es benevolente con todo el mundo. Como caminador no tiene igual en la Revolución; atraviesa los pinares a lo largo (9 legs.) de ida y vuelta, en menos de un día. Recuerdo que una vez se encontraba el Gob. muy aislado de nuestras tropas, en un punto, cerca de Mayarí; dos o tres columnas enemigas lo envolvían. No teniendo noticias del Gral. Calixto García, pidió un práctico pª. que lo buscase entre la zona de cultivo de Holguín, donde luchaba con el enemigo; no habiendo quien conociera aquél territorio, se presentaron dificultades pª . alcanzar el espresado obgeto; pero Montolla pidió la comunicación que iba a enviarse al indicado Gefe, manifestó que sin ser conocedor de los caminos que pudieran llevarlo hasta donde estaba el Gral., iría sin embargo, y partió resueltamente en el acto. A los tres días estaba de vuelta, dando cuenta de haber estado en el Cuartel del referido Gefe militar que se encontraba en la "Vegita de Banes" cerca de la "Ensenada de Ramón": había caminado más de 50 leguas.

Otros hechos pudiera citar pª. acreditar la preferencia que he dado a ese ranchero, consignando especialmente su nombre y parte de su historia; pero me parece suficiente el hecho referido, pª. dar una idea a mis lectores de la importancia de Montolla. La Revolución tendrá termino más tarde o más temprano, y cuando concluya, el tipo que presento en este capitulo, desaparecerá por completo, no teniendo ya razón de existir, e irá a figurar entre los labradores oscuros y pacíficos que poblarán de nuevo nuestros campos, si no sucumbe de languidez por falta de ejercicio, entre las comodidades relativas de una vida tranquila y más civilizada.

De cualquier modo que sea, yo me complazco en consignar aquí sus grandes virtudes y sus titánicos esfuerzos en pro de la causa de la independencia de la patria.

 

 

 

CAPITULO VIII

 

El convoyero

 

El convoyero es un soldado como cualquier otro de nuestro Ejército, con la diferencia de que no presta el servicio de las armas; presta el servicio de asistente, al lado de los Gefes y subalternos militares, y al lado de los demás funcionarios de la República. En esta ocupación de distingue de un modo estraordinario, hasta el estremo de constituir un tipo, también especial de nuestra guerra.

Está obligado a buscar recursos, para partirlos por la mitad con su Gefe, carga el equipaje de este en las marchas; cocina, lava, cuida los caballos, fabrica el rancho, cose, a veces, si es inteligente, y ejecuta cualquier otra clase de servicios domésticos, con una abnegación incalculable.

En estos trabajos estriba la importancia que tiene a mis ojos, porque es preciso observarlos, pª. poderlos apreciar. Regularmente los convoyeros son negros, que han estado bajo el látigo de la esclavitud antes de la lucha. Por esa época eran unos seres abyectos y serviles, hoy han variado de condición, merced al espíritu eminentemente democrático de nuestra Constitución. Sus hábitos son distintos, y conocen, mas o menos, los otros de que hacen uso. Acostumbrados a la servidumbre, no han podido todavía desprenderse de todos los resabios del esclavo y luego adolecen algunos de los defectos de este; pero generalmente son sufridos hasta al exajeración y soportan con mas calma que los demás patriotas, las contrariedades y las privaciones de la campaña.

No puedo decir que estén vestidos o desnudos, eso varía en consonancia que la situación que se atraviesa. Tan pronto se ven con un calambé o taparabo, como tan pronto lucen un traje decente: todo está en que se asalte un poblado, donde concurren a hacer su botín, completamente desarmados, o portando solamente el aterrador machete. Su alegría en este caso es notable, cuando regresan del ataque. Cada cual se adereza con lo que ha quitado al enemigo. Ya se ve uno luciendo un traje de bailarín; ya otro se ofrece militarmente ataviado, ya ostenta el de más allá una gorra de mujer, un calzoncillo blanco y planchado y un frac, que no cubre otra camisa que otra igual a la que llevaba Adam el primer día de la creación; ya aquel se pasea pavoneandose, con su sorbetera en la cabeza, su pantalón de casimir flamante y por levita una chamarreta de Rusia, que forma risible contraste con otras piezas del vestido; ya este anda con pantalones y sin camisa, o con camisa y sin pantalones; y todos presentan el cuadro más original, mas extraño, que puede ofrecerse a los ojos de un hombre civilizado. Pero esto varia brevemente, y los convoyeros presentan entonces un aspecto dolo(roso) y conmovedor. Los que no habéis visto nunca al hombre luchando con el infortunio, los que encontráis todos los días algún alimento que llevar a la boca, los que viajáis a caballo, en coche o en cualquier otra clase de vehículo; los que tenéis delante un hogar tibio que os espera o una posada donde van a descansar; los que no teméis encontrar la muerte en el camino; los que sabeis el lugar donde vais a deteneros, venid a esta guerra desastrosa, a contemplar al convoyero, cuando va de marcha, y sabreis lo que el hombre sufre, y lo que el hombre puede, cuando lo acompañan una voluntad de hierro y una resignación incontrastable.

A pie y descalzos, con un lio enorme a la espalda, y a veces otro, más enorme todavía en la cabeza; jadeantes de fatiga y dolor; por entre riscos y piedras y troncos y espinas, que desgarran sus carnes; subiendo y bajando lomas dilatadas, que son un Golgota continuo, esos hombres negros, de aspecto lastimoso, parecen las sombras de los oprimidos de la tierra, protestando, sin encono, contra la injusticia humana. Y después, tras una jornada de muchas leguas, sin descanso alguno, cuando la tropa se detiene pª. formar camptº. y reposar (lo que casi siempre sucede ya entrada la noche) esos soldados de la Revolución dejan su carga y suben inmediatamente a recorrer el monte (ilegible) en busca de pencas o de yaguas con que levantar el rancho pª. su Gefe. No importa que llueva, no importa que el suelo esté resvaladizo; no importa que el rayo hienda el espacio y que la oscuridad lo envuelva todo con manto de tinieblas; el convoyero obedece la ordenanza, y cumple con su deber, sin lanzar una queja, ni emitir un solo pensamiento, que ponga en evidencia algún disgusto. Y cuando ya ha concluido su faena, cuando en muelle hamaca descansa el obgeto de sus atenciones y cuida de las fatigas de la marcha, él, vuelve a salir, si es necesario, a cortar forraje pª los caballos, o a buscar víveres para partirlos con su Gefe, y regresa, al fin, al campamento, entonando alguna alegre trova, pª. acostarse, sin haber tomado alimento muchas veces, sobre cuatro maderos húmedos, teniendo por almohada un tronco o una piedra, y por sábanas una hoguera, que le tuesta un lado del cuerpo, mientras el otro está helado como la nieve.

Así van esos patriotas rodando por el territorio de la República, alegres y satisfechos en medio de sus trabajos dolorosos, que son espontaneos, como los que prestan a la causa de la libertad, cuyos beneficios nunca gozaron allá entre los rigores y las cadenas de una esclavitud denigrante y vergonzosa.

Jamás se premiaran suficientemente los sacrificios que el convoyero hace en esta tierra desgraciada, pª. contribuir al destronamiento de la tiranía, que ha pesado sobre su frente con la pesadumbre inmensa del despotismo más cruel y más inhumano.

Cuando se hace necesario buscar víveres en los atrincheramientos enemigos, él va de noche, sin temor alguno, con fuerza armada o sin ella, y lo toma tranquilamente, soportando a veces el fuego de las avanzadas o el de alguna emboscada que de vez en cuando le preparan los voluntarios. En este caso lo más que sufre es la perdida de la carga y algún pequeño estravío; pero siempre regresa al lugar de donde salió, pª. volver de nuevo a arrostrar iguales peligros, hasta conseguir subsistencias.

Y no crean mis lectores que el convoyero se acobarda y desalienta cuando el enemigo lo sorprende o lo persigue; no, él tiene la suficiente serenidad para dejarlo burlado y hacerlo gastar su parque inútilmente. Se cuenta que uno cayó en la emboscada que le formaron los españoles, escapó de ella prodijiosamente, y corría como un galgo, creyéndose ya en salvo, cuando noto que un soldado de linea lo perseguía muy de cerca; viendose perdido, porque ya le faltaba el aliento, se detuvo; entregó al hijo del Cid su machete, y mientras este lo tomaba con la confianza propia del que no encuentra resistencia, le dio una puñada en el estómago, que lo hizo rodar por el suelo, pª. quedar después muerto de un machetazo y despojado de la ropa, del rifle y demás equipos que llevaba en el cuerpo. Con estos trofeos se presentó al Campamento y fué vitoreado.

Pero cuando el convoyero ostenta todo su valor, es en los momentos en los que el Cuartel donde se haya es atacado por sorpresa. Entonces, mientras todos corren a parapetarse, o buscan el monte pª. presentar resistencia, o huyen si no pueden ofrecerla, él recoge la hamaca y equipaje de su Gefe y se convierte en un camello cargador, hechandose a la espalda cuanto encuentra en el rancho, y sacando hasta en los dientes lo que no le cabe en las manos. Algunas veces es víctima de su arrojo o tiene pª. salvarse que lanzar todo lo que lleva; pero de todos modos se pone a la altura de un heroe.

El convoyero deja de serlo, para empuñar su rifle, tomar puesto en una compañía y batirse como un león en todos los combates. La mayor parte de los que desempeñan este servicio, desean ingresar en las filas del Ejercito, pero la ley los sugeta al lado de su Gefe, porque, sin asistentes, no podrían los funcionarios de la República, del orden civil o militar, entregarse respectivamente a sus faenas intelectuales o a combatir al enemigo. Sin embargo, actualmente el Gral. García ha iniciado el pensamiento de armar los convoyeros de su Cuerpo de Ejercito, pª. que sin prestar el servicio del soldado, puedan luchar en defensa de la impedimenta que custodian, o cuando concurren a los asaltos, o a estraer víveres en campo enemigo.

En todas esas ocupaciones el convoyero está espuesto a perder su existencia; y la sacrifica gustoso, pª. ser olvidado a los pocos minutos, por sus mismos compañeros, que en esta guerra, como en todas las que han ensangrentado el mundo, las glorias y los laureles de la victoria, ciñen solamente las sienes de los que menos sufren y menos se esponen al peligro, porque sus actitudes y sus talentos los colocan en posiciones elevadas, donde prestan mejores servicios. Yo, sin embargo, deploro esas desigualdades excesivas, que separan a los hombres, bajo un mismo cielo, bajo una misma bandera y bajo el peso de idénticos dolores; y las deploro tanto más, cuanto que me llenan de admiración esos sacrificios hechos en el altar de la patria, sin tener la esperanza de que sean siquiera recompensados directamente, con un pagina pequeña en la historia de la lucha. Pero no es posible nivelar los individuos de una sociedad, y es preciso conformarse con las cosas humanas como son y como deben ser, a despecho de esos sentimientos de justicia, que despiertan en los corazones generosos, esas virtudes y sacrificios oscurecidos, con que pagan su tributo a la civilización y al progreso las clases menos afortunadas.

 

CAPTLº IX

 

Las familias insurrectas

 

Dije, en uno de los capítulos anteriores, que las familias de los patriotas habían salido al campo desde los primeros días de la guerra, y gozado en esa época mucha tranquilidad; sobre todo en el Camaguey, donde el enemigo no llevó el fuego y el terror de sus armas, hasta enero del 70. Después, el Conde de Valmaseda, las hizo obgeto principal de sus operaciones militares, y entonces, se abrió pª. ellas un infierno de dolores y zozobras continuas, de sacrificios, de abnegación y de muerte, que ha dejado un rastro sangriento y desastroso en el campo de la contienda.

El cuadro que ofrecían nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras esposas y nuestras hijas en la época indicada, que ligeramente describo en el capítulo "Los niños de la guerra", era capaz de conmover el corazón más feroz y más empedernido; pues el de los secuaces del Gral. Blas Villate se formó a la sombra de la bandera de los "tres rios", que es el símbolo de la abominación más escandalosa que registran los anales de la historia y la enseña que ha guiado a los partidarios o siervos de la más odiosa de las tiranías hacia las conquistas de los pueblos débiles e inocentes, que es lo mismo que decir hacia el robo y el asesinato.

La persecución alcanzó tal incremento a mediados del 71, que las desgraciadas cubanas no se atrevían siquiera a respirar entre los bosques, por temor a verse a aprisionadas por sus verdugos desalmados. A la aproximación de una columna enemiga, abandonaban sus ranchos y le internaban en lo más espeso del monte donde no se escapaban, por cierto, de ser sorprendidas y ultrajadas. De allí eran llevabas a los fuertes más cercanos, a pie y entre la mofa de una soldadesca insolente que se jactaba de su triunfo, sin tener absolutamente en cuenta el sexo, la edad, y la inocencia de sus víctimas.

No todos los Gefes del Ejercito español cumplían exactamente las instrucciones que se les habían dado, con respecto a las familias: algunos se han mostrado decentes y caballeros, cubriendo con el manto de una protección digna la desgracia de las prisioneras; pero la mayor parte de esos autómatas del despotismo, se han distinguido ante sus superiores, pª. alcanzar un ascenso, haciendo alarde de una crueldad sin ejemplo, que no debe quedar envuelta entre las sombras del olvido, pª. que en todos los tiempos sea una mancha asquerosa que ostente en su bandera el Ejercito enemigo, y pª. que se arrepientan algún día los perpetradores de tan heroicas hazañas de su cobarde proceder. Entre todos estos pequeños minotauros se distinguían, el coronel Manuel del Palacio, en la jurisdicción de Jiguaní, el Tte. Coronel Weiler en Las Tunas; el Comdte. Carlos Gonzales Boet el todo el Deptº. Oriental y guerrilleros Lolo Benitez en Bayamo y Federico Echevarria (a) Federicón en Baire. El primº. fué el célebre perpetrador de la horrible matanza de Jiguaní, en la cual fueron víctimas por sospechas, y sin formación de proceso, los distinguidos Doctores de Santiago de Cuba José Pérez y Rafael Espin y los ciudadanos, no menos distinguidos, Acencio y Acencio y Bravo Collazo. Además, otros patriotas, hasta completar veintiuno; pero este cuadro no es de los que propongo describir y (ilegible) pª. completar la gloria del Coronel Palacio, que las mujeres que ultrajó y entregó a la soldadesca pª. rematar el ultraje, le tejen en el cielo una corona de laurel, para colocarla en su frente cuando el Eterno lo llame allí en premio de sus grandes virtudes, de su honradez y de su espíritu humanitario y generoso.

El Coronel Weiler, que ya es Brigadier por sus eminentes servicios, se divertía viendo bailar desnudas a algunas infelices, que la desgracia hacia caer en sus manos y en medio de su tropa, en la cual figuraba el renombrado batallón de Matanzas. En el Camptº de Jaguayes, sobre el desembarcadero "La Zanja", tuvo mucho tiempo ese Gefe el circo de sus barbaridades. Allí eran conducidas las insurrectas más lindas y más interesantes en su dolor, pª. ser tratadas sin consideración alguna y lanzadas a la prostitución más desesperada, y por último a la muerte. Allí se asesinaron los niños y los ancianos, allí parecía que se habían reconcentrado todas las iniquidades y la política de Valmaseda y todos los horrores de la tiranía española, pª. herir el corazón de los padres, de los hijos y de los esposos y con ellos a la humanidad, al progreso y a la civilización.

Los demás Gefes citados procedían como Palacio y Weiler, pero Boet tiene en su conciencia una matanza que es preciso dar a conocer. El Tte. Coronel cubano (espacio) Sintra, de color, y casi anciano, se hallaba enfermo, el los montes de una finca nombra(da) "Guaminas" en el Dtº. de Cuba al lado de su numerosa familia. Estaba casi imposibilitado de las piernas y no podía andar. El referido Comdte. Boet lo supo, por denuncia de un trabajador, cuyo nombre no recuerdo y con su guerrilla partió al momento a sorprenderlo, guiado por el espía. Llegó al punto donde estaba situado el rancho, lo envolvió entre su tropa y considerando ya la presa segura, lo invadió resueltamente. El Tte. Coronel Sintra, que tiene un valor a toda prueba, al verse rodeado del enemigo a pleno día y sin haberlo observado de antemano, se consideró perdido, tomo su rifle e hizo fuego al primº. que se le puso delante: huyó enseguida disparando tiros a todos lados y pudo romper el círculo que lo envolvía amenazador. Fué entonces perseguido tenazmente hasta los riscos, donde pudo parapetarse, y desde allí sostuvo un fuego mortifero con sus perseguidores. Estos se retiraron y llenos de rabia por no haber podido lograr el obgeto principal que allí los había conducido, a la voz del Comdte. Boet se lanzaron sobre la acongojada familia, y no dejaron ni un niño, ni una anciana que no asesinaran a machetazos. Los hijos, la mujer, la madre, las hermanas del Tte. Coronel Sintra, con otras personas que les acompañaban, perecieron al rigor de aquella chusma salvaje. El desdichado Gefe cubano, esperó que la guerrilla abandonara el monte y regresó al lugar donde había sido asaltado, presintiendo, tal vez lo que había sucedido. El cuadro que se presento ante sus ojos era capaz de destrozar el corazón de una fiera. La carnicería había sido horrible: la sangre teñía el suelo; el rancho estaba incendiado; los miembros de las víctimas rodaban inanimados sobre la yerva y una atmosfera de muerte y desolación oprimió el pecho de aquel desdichado patriota, que sin lanzar un ay!, ni derramar una lágrima, juró sobre los restos de aquel hogar destruido y de aquellos seres idolatrados, vengar tanta maldad y tanta cobardía o perecer en la lucha. Así lo efectuado y en la actualidad es Coronel, después de haber dado breve fin con su machete y su rifle a muchos españoles.

Pero separemos un momento la vista de ese espectáculo siniestro, y vamos a contemplar las amarguras de otras familias en el seno de los bosques. Yo, también tengo mi historia de lagrimas y de sangre, como cualquier otro patriota, y me permitirán mis lectores que me desgarre de nuevo el pecho, ofreciendoles un cuadro de dolor en que figuran mi esposa y mis hijos.

La persecución, sin ejemplo, que sufrieron las familias en Bayamo, después de haberse apoderado el Conde de Valmaseda de aquella Ciudad, obligó a las bayamesas a abandonar el Cauto, con penosas dificultades, para refujiarse en el territorio de las Tunas, no sin que el tránsito cayeran muchas en poder del enemigo. Mi esposa y mis hijos, acompañados por una tía de la primª. y uno de mis cuñados, abandonaron la Cienaga de Buey, donde se encontraban, pª. formar parte de la emigración que invadía las Tunas, como una corriente consumidora, que habría de producir la escasez primº, y después la miseria. Yo residía en esa época en Guaimaro, al lado del Gob. central: estaba allí atado por el deber; pero habiendo recibido carta del cuñado que hacía mis veces al frente de mi familia, partí al momento, hacia el lugar donde esta se encontraba, y llegué oportunamente, pª. evitar que, cayese en manos de las tropas españolas. Pocos días después de mi llegada, dejé los seres que formaban el encanto de mi vida, al cuidado de un excelente patriota, y regresé al seno de la Cámara de R.R., de cuyo cuerpo siempre he formado parte. Pasaron algunos meses sin novedad alguna. A principios de Octubre del mismo año 69 recibí una carta de un amigo, en que me comunicaba, con algún tacto, la muerte de mi esposa, acaecida como resultas del cólera, que esa época asolaba el territorio de la Revolución. Me encontraba en aquel momento gozando de la delicias de una especie de soire que daba la familia del Gral. Manuel Quezada en una finca nombrada "San Diego de Najaza" donde residía. Es de suponer el efecto que produciría tan funesta noticia, en un marido que idolatra su esposa. Abandoné aquél centro de cantos y placeres y partí con mi suegro C. Ramón Céspedes y otros miembros de mi familia con dirección a las Tunas. Al día siguiente estabamos en el límite que separa esa jurisdicción de la del Camaguey. Allí nos detuvimos a hacer noche en una finca donde se encontraba un abogado bayamés con su familia, que tiene un cercano parentezco con el autor de estas lineas. Nada se me pudo asegurar con respecto a la muerte de mi esposa: había rumores vagos y nada más. Continuamos marcha al día siguiente y cuando ya habíamos andado dos leguas, fuimos detenidos por un correo que encontramos en el camino. Traía una carta: una carta en tales circunstancias, y con tales antecedentes, es siempre una especie de tribunal que va a decidir nuestra suerte. La epístola venía dirigida a mi suegro y fué abierta por este: estaba fechada en la "Soledad" de las Tunas, donde residía el obgeto de mis zozobras. Mientras mi padre político la leía, tenía fijos mis ojos en su rostro venerable: lo ví palidecer y se me ajitó el corazón de tal modo, que me vi espuesto a caer del caballo que montaba; luego salió una lagrima de sus ojos y me alargó la carta diciendo: "ha muerto mi hija Clementina". El amor es egoísta y lo subordina todo: sentí una alegría momentánea, no obstante ser Clementina una de las hermanas de mi mujer por quien sentía profundo cariño. Pero el ligero gozo se trocó inmediatamente en nueva zozobra; la carta anunciaba que mi esposa se hallaba también atacada, aunque de un modo benigno, y sus hijos sufrían fiebres. No quise continuar marcha, presintiendo una desgracia inevitable. Siempre me he separado de los seres que he más querido cuando una enfermedad cualquiera los ha puesto a los bordes de la tumba. Ese cuadro, que no he podido contemplar nuca, no se parece seguramente a los que presenta la muerte después de un combate: el cuerpo que cae robusto atravesado por una bala o por un machete, no presenta el triste aspecto del cuerpo que oculto entre sábanas y vendajes se ofrece demacrado por una enfermedad lenta y penosa. Hay algo de sublime y de grandioso en eso de reclinar la frente moribunda sobre la yerva enrojecida por la sangre: y hay mucho de doloroso, mucho de (espacio) en la lenta agonía de un enfermo que se ve morir entre lágrimas y llanto; porque una epidemia o los médicos lo matan.

Supliqué a uno de mis primos, que me acompañaba, que fuera donde se hallaba mi familia, pª. que de cualquier modo la sacase de aquel lugar peligroso, donde era probable que la asaltara el enemigo en la dificil situación en que se encontraba; mientras que mi suegro y yo marchábamos por otro lado, a un punto conveniente, que indicamos, donde esperariamos los enfermos y preparariamos los medios de que no estuviesen a la intemperie; así lo hicimos y al poco nos encontrabamos marchando por distinto rumbo.

Tres dias después, llegó al punto convenido mi desgraciada esposa, su tía y mis cinco niños. El cuadro que ofrecían era conmovedor: todos estaban enfermos, inclusive el cuñado que a su lado, hacía mis veces. La finca donde iba a alojar tanta desdicha se llama la "Viejita" y estaba cerca del pueblo de Guaimaro. Pertenecía a uno de esos cubanos que no estaba conforme con la guerra y que se han pasado al enemigo: en aquella época aún estaba indeciso y se encontraba en la hacienda. La casa que habitaba no tenía más que dos cuartos, uno ocupaba él, con su Sra. e hijos y el otro un matrimonio de mulatos: lo demás estaba diáfano. No se prestó de buen grado a darme cabida en su madriguera y solo me permitió forrar con pencas de palmas el estremo de un corredor sucio y desmantelado. Allí coloqué los enfermos y los que nos encontrabamos buenos del cuerpo, que no del alma, nos acomodamos a la intemperie. Era ya de noche cuando pude sentarme a descansar un momento. Una de mis niñas de siete años de edad, de nombre Fernandina, hermosa como un angel (que siempre parecen hermosos los hijos a sus padres) se hallaba estenuada por las fiebres que había sufrido. La dueña de la casa la obsequió, sin que yo lo notara, con una fuente de carne y viandas. Cuando reparé tal obsequio, ya la convaleciente había comido lo bastante pª. causarme zozobra. No pude poner remedio al mal y esperé el resultado. No se hizo esperar mucho tiempo: al día siguiente, muy temprano, la niña estaba atacada de cólera. Su madre no podía atenderla porque el viaje la había puesto en fatal estado y yo me consagré a cuidarla. Al principio la coloqué entre mis piernas y la estreché entre mis brazos, pª. darle calor a sus miembros helados; después fué indispensable acostarla desfallecida en una cama. Logré a fuerza de eficacia y sin recursos ninguno detener la enfermedad y vislumbre un rayo de esperanza. Mientras tanto mi esposa, mis otros hijos, y mi cuñado, corrían peligro de morir por falta de alimentos convenientes. La casualidad, más que esfuerzo hizo, al fin, que encontrase algunos recursos y la nube se despejó un poco; pero a las seis de la tarde, la niña empezó a presentar los síntomas del tifus. Me llamaba a cada momento; me hablaba sonriendose y luego se ponía a cantar y a mirarme con sus grandes y rasgados ojos de color oscuro, por entre cuyas pestañas largas y espesas asomaban las lágrimas. Los que sois padres podeis apreciar mi dolor: los que conocéis las amarguras de esta guerra, podeis considerar mi situación. Para aumentar mis congojas, el cielo se cubrió, como a las diez de noche, de nubes amenazadoras y el temporal estalló con violencia, el agua se introdujo por todas partes; las luces se apagaron; y hubo un momento en que me pareció que contra mi se habían conspirado todos los elementos, y que debía decidirme a vencerlos pª. salvar los pedazos de mi corazón. El dueño de la casa se había encerrado en su cuarto, huyendo de mis enfermos, y el matrimonio de mulatos dormía al son de la tempestad, sin sentir que el dolor estaba a su lado haciendo estragos. Lleno de ira y desesperación toque varias veces a la puerta de ambas habitaciones, y nadie me respondio; entonces me decidí a echarlas abajo, viendo tanta inhumanidad y tanta indeferencia. Tomé un tronco grueso y di un golpe terrible en una de ellas: el Sor. de la hacienda no esperó otro: se levantó y abrió lo que yo amenazaba romper a pedazos. En aquel momento hubiera sido capaz de sostener una lucha entre las sombras que me envolvían, pero mi adversario se manifestó prudente, protestando hallarse dormido cuando empezó el temporal. Su Sra., que parecía más hospitalaria, se ofreció también a mis ojos llena de espanto. El miedo tiene sus resoluciones heroicas; establece sus comparaciones con prudencia y escoge muchas veces lo que más le conviene. La voz de la humanidad que siempre se hace oir en medio del egoismo y de la maldad, no tuvo tanta elocuencia como la del grueso tronco conque golpié la puerta de aquellos seres descorazonados y cobardes el matrimonio de mulatos fué el que continuó en su sueño profundo, ageno a todo lo que pasaba a su alrededor. Era preciso no perder tiempo en esplicaciones y así lo indiqué a mis huespedes. La Sra. acudió a socorrer a mi esposa que reclamaba mis cuidados y yo con su marido me puse frente a frente con el vendaval, pª. proteger a mi hija moribunda. El agua empezaba a correr por su lecho de cujes y sus miembros estaban completamente helados: había perdido ya el conocimiento y estaba sumida en una postración profunda; todas las ropa que encontré a la mano las introduje en los huecos del techo ruinoso y con todos los cueros de novillos secos que pude encontrar en aquel laberinto de lios, de serones y hasta de perros, que el dueño de la casa tenía en abundancia, formé sobre la cama de la niña una especie de cielo raso visiblemente grotesco. Así pude detener la lluvia, que filtraba por todas partes; pero el viento lo ajitaba todo con sus alas frias, y pª. el viento no hubo remedio; fué necesario soportarlo, cubriendo con nuestros cuerpos el lecho en que se moría mi desgraciada hija. A poco, calmó algo el temporal y pude visitar los otros enfermos; la dueña del lugar los había colocado en el lugar de aquel caramanchel, que estaba menos espuesto a los rigores de la tempestad, al lado de la puerta del cuarto del dichoso matrimonio, que continuaba durmiendo, y cerca de un buren de hacer casabe, que aún estaba ardiendo, por haberse trabajado en el todo el día. Mi esposa se moría de debilidad y de dolor mas que de otra cosa: su enfermedad había declinado ya completamente. Mi cuñado, de convaleciente sufría con una calma que le era peculiar la empapazón a que estaba sujeto, mis niños lloraban e inspiraban compasión entre los brazos y sobre la piernas de la tía de mi mujer, que lloraba también entre tanta desolación y tanta desdicha. Yo los consolé a todos bravamente y volví al lado de la niña en cuya cabecera estaba fijo como un centinela en su puesto, un negro, casi anciano, que había sido mi esclavo pero a quien quería entrañablemente por la eficacia y el buen deseo con que siempre había servido.

A las cinco de la mañana exhalo su último aliento mi pobre hija: abandoné su lecho de muerte, dejando allí el negro anciano que derramaba abundantes lágrimas, a fin de proporcionar medios de hacer un ataúd. El viento había calmado pero llovía aun con alguna fuerza; de vez en cuando, las nubes que pasaban violentamente por el espacio, se entreabrían, y dejaban ver alguna claridad en el seno negro de la tormenta; pero esa claridad que iluminaba ligeramente mi cuadro de dolor, no era suficiente a derramar en mi espíritu alguna tranquilidad. Mis ojos estaban secos, pero mi alma vertía lágrimas de sangre, en el fondo de mi corazón.

Llamé al dueño de la finca que ocupaba sus miserias acompañado de su digna compañera, y supliqué me proporcionase algunas tablas o me dijera donde las podía conseguir para construir yo mismo el ataúd en que quería colocar el cadáver de mi niña. Me respondió que no era posible encontrar lo que pedía; que sepultara la difunta envuelta en una estera. Esta proposición me indignó, no obstante lo despreocupado que soy respecto a los entierros. Me parecía una cosa horrible echar sobre la fosa llena de agua el cadáver de aquel angel, que nada tenía que se pareciese a la tierra. Hice un esfuerzo: volteé toda la casa y dí al fin con un arca vieja, que estaba en un rincón de la cocina, llena de botellas y frascos rotos. Se la pedí a mi hombre y me la negó. Insistí, y al fin, por intercesión de la mujer pude

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(es este lugar del texto se produce un salto de una hoja perdida) profundos dolores, viendose en el caso, mi esposa de dar a luz un niño en plena primavera, bajo unos cueros secos y en medio de un bosque de muchas leguas de estension, mientras que el fuego de la persecución del enemigo se vio por todos los alrededores.

En Agosto del 71, la miseria, las enfermedades y además el pillaje, y el desenfreno de los españoles, pusieron a las cubanas insurrectas en una situación inconcebible. Casi todas las que caían en poder de las tropas enemigas eran por ultrajadas por los mismos Gefes pare ser después entregadas a la insolencia de la soldadesca. Las que se presentaban en los campamentos o a las columnas de operaciones, merecían más consideración y respeto y se le guardaban según el caracter o educación de la autoridad a que se acojían.

Nuestras fuerzas, por otro lado, no tenían a veces más parque que el tiro que llevaban en el fusil y no podían absolutamente atender a la defensa del vecindario: había un desconcierto general en la República, sobre todo, en Camaguey, donde las presentaciones de hombres, mujeres y niños eran constantes y numerosas.

Yo me había unido desde la residencia del Gob. al Mor. Gral. Modesto Diaz, con el obgeto de acompañarlo en una excursión por todo el estado de Oriente, de donde había sido nombrado Gefe Superior ese Gral.. Antes de marchar fuimos juntos a visitar mi familia y una circunstancia especial dio lugar a que nos detuviéramos algunas semanas a su lado; por lo que el Gral. Díaz hizo llevar allí su sobrina, la viuda del Mor. Gral. Luis Marcano. No pasaron mucho tiempo sin que fuesemos atacados por los españoles, aunque esta vez casualmente. El día anterior había pasado por nuestro Camptº. situado en las "Catas" de las Tunas una gran fuerza cubana procedente de las Villas que se dirijía al Distrito de Cuba en busca de armas. Parece que una poderosa columna enemiga le seguía el rastro, y con 30 horas de diferencia llegó al lugar donde nosotros nos encontrábamos. Eran las seis de la mañana cuando se oyó el fuego de nuestra avanzada. Solamente había algunos oficiales del E.M. del Gral. y algunos soldados de su escolta: un total de 20 hombres. El enemigo persuadido de nuestra debilidad, avanzó sin recelo y envío guerrillas hacia el Cuartel que estaba situado en el flanco izquierdo. El Gral. con su rifle y unos hombres los esperó sereno y les rompió el fuego a quema ropa, haciendolos retroceder. Enseguida avanzó detrás de ellas y les hizo incorporar a la columna, que avanzaba por el camino seguido el día anterior por la fuerza de las Villas. Envió algunos números a que tiroteasen la vanguardia, porque la ruta era impracticable, y continuó fuego sobre el centro de la columna. Esta seguía su marcha tranquilamente; pero de pronto se detuvo y envió nuevas guerrillas pª. desalojarnos. No es obgeto describir este combate, en el que no pude tomar parte activa por estar enfermo de los ojos. Solo diré que el fuego duró hasta las tres de la tarde; que el enemigo no pudo tomar nuestro Cuartel, y que antes que fuese de noche se retiró, volviendo atrás y desistiendo de la persecución que había emprendido. El Gral. Díaz debe estar orgulloso de este triunfo.

Pero volvamos a la narración. Las familias con este suceso, huyeron al bosque, y pasaron un día amargo, porque allí escaseaba el agua. Mi esposa se estravio con dos de sus niños, y a las ocho de la noche fué encontrada en los más espeso del monte entre los rigores de sed. La situación se agravó de un modo extraordinario, porque no parecían subsistencias; se comía carne solamente y pare eso, era preciso que cada familia tuviese caballos y hombres a propósito, que escaseaban en estremo. La traición auxiliaba las tropas, y los ranchos estaban amenazados a todas horas del día y de la noche. No había seguridad ninguna pª. las pobres cubanas. Ante esta situación el Gral. Diaz me aconsejó que enviase mi familia al estrangero, aunque fuese necesario hacerla pasar por los Camptos. enemigos. El consejo era racional y yo ya había meditado sobre el asunto; ¿pero como decírselo a mi mujer?. Ella no había pensado nunca en semejante sacrificio; me había visto hablar siempre en contra de las presentaciones de algunas familias que lo proyectaban y jamás se había visto lejos de mi, sin esperanza de verme. No teníamos metálico pª. hacer un viaje costoso y sostenerse en tierra estraña. Los amigos, casi han desaparecido en medio de la Revolución; los socorros de nuestros hermanos de la emigración, se dan a ciertas familias privilegiadas; porque el bombo de la fama de algunos patriotas, las ha elevado a la consideración universal. Además ella siempre me había dicho que tenía derecho como yo a sacrificarse por su patria; ¿como insinuarle una resolución tan repentina?. Yo estaba enfermo del cuerpo y empecé a enfermarme también des espíritu. Al fin. tras algunas dudas, abordé la cuestión, aproveché la dolorosa situación que se atravesaba y presente mi proyecto ante mi mujer. Su asombro me dijo que tenía que luchar mucho pª. persuadirla. La salvación de mis hijos me animaba: insistí, y pude vencer algunas repugnancias. La negativa era general; ni mis hijos, ni mi mujer, ni la tía de esta, querían dejar el campo insurrecto. Pero yo encontré un argumento poderoso pª. vencerlas y lo hice resonar a los oídos de todos mis contrincantes. Pues bien, dije a mi esposa, si tu no te decides a salir del campo de la lucha, serás responsable segura de la muerte de nuestros hijos - ¿Porque? - me respondió - Porque en tus manos está salvarlos y no en las mias. Tu no tienes obligación de tomar puesto en las filas de los combatientes: tu puedes pasar sin deshonrarte por debajo de la bandera de nuestros enemigos: tu no necesitas derramar tu sangre por Cuba, porque sería inutil tu sacrificio, y tu sabes que si te quedas aquí entre tantos peligros y dificultades tienes que perecer, dejando huérfanos a los pedazos de tu alma que no encontrarán apoyo, porque yo no podría prestárselo, puesto que estoy consagrado a la Revolución. ¿Con que derecho tienes pues someter a esos seres inocentes a una horfandad y una muerte seguras que con mi sacrificio doloroso puedes evitar?.

 

No encontró réplica pª. combatir ese razonamiento y al fin se decidió a pasar por las horcas caudinas.

El Gral. Diaz me ofreció preparar los prácticos pª. el viaje, y se escogió el camptº. de la "Zanja" pª. efectuar la presentación. Ah! dichosos los que no habéis pasado por este terrible sacrificio, el mayor que puede hacerse por la patria!. Cuando tres días después de haberse prestado mi familia a abandonarlos, llegó el momento de la partida, sentí, primero, que toda mi fortaleza se rendía ante una separación que tal vez sería eterna, y después, una desesperación que no podía contener, y una ira que se traslucía en mis menores movimientos. Pues que!- Era posible, que sintiendo yo arder la sangre en mis sienes, entregara el tesoro de toda mi vida; el nicho de mis amores, a unos hombres que ni conocía pª. que lo llevasen- A donde Dios mio! - tal vez a la degradación o la muert?. ¿Era posible que no me fuera dable amparar a mi esposa y a mis hijos?¿Era posible que los dejara llevar por la corriente de la desgracia impávido y sereno?. Todo eso era posible, y todo eso lo exijia mi amor de padre y mi patriotismo.

Llegó el momento fatal: estaban listos los prácticos y dos caballos que me habían quedado, porque la mayor parte de los que el Gral. Díaz tenía, se los había llevado el enemigo por un descuido del que los cuidaba: el suelo estaba mojado, porque había llovido mucho el día anterior: acompañaban a mi esposa dos tías en tan aflictiva situación; la que le servía de madre y otra más anciana, que se le agregó para acompañarla por una casualidad favorable. Uno de mis niños de ocho años (el mayor) sufría una ulcerita en un pie que no lo dejaba caminar: fué preciso darle uno de los caballos: en el otro se colocó la tía de mi esposa, más anciana y un lio de ropas, único capital que les había quedado. Todos lloraban amargamente, y no se atrevían siquiera a mirarme. En aquel momento me hubiera alegrado que la muerte me hubiera sorprendido. Una de mis niñas, de cinco años, rubia de ojos negros, con megillas y labios de rosas, se resistió a partir, y empezó a gritar dolorosamente. La tomé entre mis brazos, y no me atreví a besarla, por no abrasarle la frente con mis labios, encendidos por mil sentimientos diversos: la eché a los de su madre y volví la espalda y cerré los ojos precipitadamente pª. no ver más aquel cuadro. Pero entre la oscuridad de mis ojos cerrados lo veía, allá, en el fondo de un abismos sin nombre: los veía alejarse, como se aleja la nave en un mar tempestuoso, como las hojas que el huracán se lleva entre sus alas de jigante. Quise llorar y no pude; porque las lágrimas llegan cuando empieza la resignación, y yo no estaba resignado con tanta desgracia. La pequeña caravana emprendió su marcha por caminos llenos de lodo y yo caí rendido y casi ciego en mi hamaca. Hasta los 6 días no tuve noticia de la familia. Habían pasado muchos trabajos en la marcha y el Camptº. español, les habían dado por alojamiento unos árboles corpulentos. Pero la fortuna hizo que al día siguiente de haber llegado a aquel centro, la enviasen a Manzllº., y de allí salió desterrada pª. Jamaica, donde hoy se encuentra entregada a las miserias de la emigración. Algunos meses después supe que de paso por el Pto de Sgo. de Cuba, perdió mi esposa tres niños en dos noches, entre los cuales figura mi rubia de ojos negros, a quien no tuve el gusto de darle el beso de despedia, y el niño de la ulcerita. Quien me hubiera dicho que en vez de encontrar mis hijos la salvación iban a encontrar la muerte, lejos del campo de esta guerra, donde arrostraron tantos peligros impunemente!.

Pero ya es preciso poner fin a la relación de los dolores que han aflijido y a aflijen aún a unos seres que me son tan queridos y voy a abrir ante los ojos de mis lectores otro cuadro, tal vez más interesante y conmovedor.

En Junio del 71 se encontraba viviendo en un rancho, situado en un bosque de la jurisdicción de las Tunas, la Sra. viuda, Candelaria Palma de Estrada, madre del Diputado Tomás Estrada, que era su hijo único. La acompañaban algunas morenas que habían sido sus esclavas y a quien quería y trataba como hijas, y además la familia del C. Miguel Estrada, patriota distinguido, que sucumbió en los primos. años de la guerra, luchando contra los españoles. La Sra. Palma era una de esas mujeres que tienen más del cielo que de la tierra. Casada a los 25 años se consagró a amar a su hijo que al fin se vio huérfano de padre. Anciana venerable, de ojos azules y tez blanca, parecía una de esas santas del catolicismo, a quien se le rinde adoración. La benevolencia y dulzura de su carácter, y la timidez de su espíritu, la hacían aparecer melancólica, en medio de las alegrías de las personas que la rodeaban. Era una paloma sin hiel, a quien todo el mundo quería, y veneraba. Como madre no tenía rival. Amaba a su hijo con amor profundo: el porvenir de ese ser querido era su porvenir, sus esperanzas las suyas. El le correspondía con igual cariño, y eran dos almas fundidas en una sola. Cuando la Revolución estalló, los que conocíamos a la Sra. Palma creímos que había llegado para ella la hora de morir de dolor. Su hijo estaba comprometido en la conspiración, y sus ideas siempre avanzadas y su carácter generoso y su espíritu eminentemente republicano y democrático, los constituían en uno de los hombres que estaba llamado a prestar importantes servicios a su patria. Sin parecerle oportuno ni meditado el levantamiento de C.M. Céspedes, lo apoyo y se lanzó a la lucha. Pero la Sra. Palma no murió por eso, al contrario, estimuló a su hijo, y lo siguió al campo de los sucesos. Ha sido una de las insurrectas que con más resignación y paciencia ha soportado las privaciones de la guerra. débil y achacosa por los años, soportó largas marchas a pie, por entre bosque espesos, huyendo de la persecución de los españoles. Jamás se quejó de la ausencia de su hijo, mientras este estaba cumpliendo con su deber en el seno de la Cámara de R.R., o en los Cuarteles Grales. del Ejercito. Pero había de llegarle el día de su martirio, y le llegó.

Hallábase, como queda dicho, en un bosque de las Tunas en Junio del 71 y su hijo, que había ido a visitarla, se encontraba a su lado, algo enfermo. El enemigo invadió el monte y asaltó por sorpresa el rancho que les servía de habitación. Todos los que lo ocupaban se escaparon, no obstante ser el práctico que guiaba la tropa un asistente del Brigr. Francº. Vega, que había desertado hacia pocos días y que conocía perfectamente el lugar. La Sra. Palma fué la única que no pudo huir. Como el enemigo sabía que era la madre del Diputado Estrada, a quien había ido a sorprender, no le tuvo consideración de ninguna clase: sin respetar sus años, sin respetar su rostro santo y venerable; sin respetar su actitud digna y resignada, ni toda la belleza moral que se retrataba en aquellos ojos benévolos y tristes, la hizo marchar entre bayonetas, después de incendiar su humilde hogar. La infeliz anciana se puso en marcha tranquila porque había visto salvarse a su hijo; pero esa tranquilidad tuvo que desaparecer pª. dar lugar a la mayor angustia que pueda concebirse. Al llegar la tropa a un arroyo lleno de fango espeso, la prisionera no pudo pasarlo sola, y en vez de ayudarla fué arrastrada por el pelo hasta la orilla opuesta. Llena de lodo y de fatiga, y de dolor, siguió andando, y a poco, cayó rendida al llegar a otro riachuelo de difícil vado. Entonces aquellos bárbaros la llenaron de injurias y la dejaron abandonada. La desgraciada Sra. se internó luego en el monte y estuvo perdida 14 días, en cuyo tiempo solo tomó como alimento una jijira, fruta de pajaros que es bastante desabrida. Al fin fué encontrada en un estado bastante delicado que le causó la muerte 22 días después.

Este hecho escandaloso e indigno de hombres civilizados, me ha sido referido por varias personas, y por el mismo diputado Estrada, con quien me ligan los lazos de una amistad que empezó en nuestra infancia y que aún subsiste, cada día más, sólida y estrecha. No finalizaré este capítulo sin echar una mirada sobre las insurrectas que aún nos acompañan, en medio de tantas dificultades y privaciones. Son ellas las veteranas de esta guerra y no es posible que me olvide sus virtudes de abnegación y de sus grandes sacrificios en pro de la libertad de su patria.

Si recorréis el territorio de la República, las encontrareis llevando una vida original e inconcebible. La mayor parte de las que existen viviendo de ese modo, son las que en tiempos más tranquilos habitaron estos campos; pero entre ellas hay algunas que jamás los habían visto y que a despecho de la persecución, de los rigores de la intemperie y de la miseria, se encuentran entre nosotros, como un ejemplo de patriotismo y abnegación inimitables, que no debe quedar desapercibido, y que en todos los tiempos hará asomar el rubor de la verguenza a la cara de los hombres que en esta guerra, no han sabido cumplir con sus deberes de patriotas.

La escasez de vestidos les hace presentar a la mayor parte de esas modernas espartanas, un aspecto no muy en armonía con la civilización y el progreso de la época presente. Sus hogares están fabricados con yaguas y pencas de guano. No se oye en ellas, el gallo que cantaba y alegra el vecindario; no los envuelven con su manto de colores y con su atmosfera de perfumes, las flores de la pradera; no hay alegría en esos sitios de campo, que en este mismo suelo embellecen el paisaje, allá entre la servidumbre y el oprobio de una dominación vejaminosa no salta la cabra juguetona entre la yerva del batey, ni la vaca ostenta su mansedumbre y su hermosura, ni se oye el tiplecillo con que el guajiro acompañaba su trova pª. celebrar el triunfo de algún gallo lididador, ni se ven, en fin, todo aquel movimiento, ni todas aquellas costumbres, que le daban un aspecto especial a las estancias de los labradores cubanos. En esos centros de dolor y resignación, parece que hay un rótulo que dice "aquí yace la abundancia". La cocina está casi siempre sin fuego; porque la despensa no existe. No hay tinajero ni tinaja, porque el agua se toma del arroyo, no hay caballos ni vehículos, porque no existen caminos y porque los primeros sirven de pasto a la escasez de subsistencias; no hay nadie que cante porque a cada momento se llora. El viento no refresca la cabaña, ni el sol la alumbra con sus rayos de oro, porque los árboles lo impiden; no hay ruido ni movimiento, porque todos guardan silencio y están quietos; si hay un gallo y no canta es porque se le ha cortado la lengua pª. que no descubra la guarida; si el perro no ladra, no hay que estrañarlo, porque a ese lo han acostumbrado contra su instinto; el miedo tiene allí su asiento y la zozobra lo acompaña. Se vive muriendo y se muere con la mayor tranquilidad del mundo; solamente hay risas y espansión cuando se sabe que nuestras tropas han alcanzado algún triunfo o cuando llega alguna espedición del estrangero. Las bolas llegan allí rodando; pero el desengaño les sigue la pista; el mundo existe, pero allí no se sabe lo que pasa en el mundo; el tiempo pasa, pero allí no se conocen las horas y los minutos; el pan es una cosa que ya no se sabe que gusto tiene, el azúcar es un artículo que corresponde a la historia, la sal, es negra como el caldero es que se fabrica. Allí no hay más que patriotismo y abnegación, y fé inquebrantable en el triunfo de nuestra independencia: allí tienen su asiento las grandes virtudes y grandes sacrificios y penetra como una luz en el fondo de un calabozo el espíritu de la libertad, que es el espíritu de la patria en el cual se han templado aquellos corazones que solo laten por ella. Allí se cuida al enfermo que llega, y se cura al herido, y se favorece con toda clase de atenciones al que pide hospitalidad.

Y no creais que el ingenio no se ha aguzado por la necesidad, pª burlarse de la miseria y de sus horrores. Esas insurrectas, han resuelto el problema dificil de vivir con muy poca cosa, y han inventado un arte culinario, de que se ha hecho mención en un capítulo anterior, que tiene sus puntos y comas, como el manual de cocina de Legran. Algunas no tienen residencia fija y van detrás de nuestras fuerzas, prestando distintos servicios, propios de su sexo, o viven como quien dice con el lio al hombro, dispuestas siempre a trasladarse al puto menos amenazado por el enemigo. No faltan muchas que tienen mayor tranquilidad, porque ocupan las lomas y pueden dedicarse con más provecho a las faenas de la agricultura. Esas gozan de más luz y de más aire, pero en cambio están más retiradas de todo contacto con patriotas combatientes y sus pequeñas industrias languidecen por falta de consumidores. De vez en cuando se lanzan fuera de sus ranchos y se las ve en los Camptos. nuestros, ofreciendo un tipo, que tiene algo de los dos sexos, y que a cualquiera que sea extraño a las originalidades de esta guerra, le produciría la misma sorpresa que si se encontrase con una nueva especie de la familia humana.

Yo no puedo menos que rendir un tributo de respeto y admiración a esas mujeres sufridas y resignadas, que así han sabido sostener el timbre del patriotismo, mientras que sus padres, sus hermanos, sus esposos y sus hijos derraman su sangre en el campo de los combates. Si los nombres de todas tienen que perderse pª. la historia, porque no es posible recogerlos y agruparlos en una página de oro, no debo perder la oportunidad de dar a conocer el de una de esas heroínas, cuya historia sería sobrado interesante pª. mis lectores, si a mi mano tuviera los datos necesarios pª. podérsela ofrecer. Llamase esa insurrecta (espacio) Mora, y llega a tal estremo su amor por la causa de la patria, que cuando aborda una espedición a nuestras playas, allí va ella inmediatamente con sus hijas, a cargar el parque y las armas que pocos hombres se atreven a echarse sobre sus hombros. Después vuelve a cultivar su campo y a prestar a la Republica otra clase de servicios que en todos tiempos la harán acreedora a un puesto, especial y distinguido entre los libertadores de Cuba.

 

CAPITULO X

 

El tigre de Zarragoitia

 

Había en la ciudad de Bayamo al estallar la Revolución una torre cuadrangular de 60 pies de elevación que se levantaba al estremo Este de la población, como un centinela jigantesco, que inmovil velaba a la entrada de aquel antro de la dominación española. Era una de esas construcciones originales que el capricho de un hombre había alzado, sin que se supiera que obgeto lo había movido a gastar tanto dinero en una fabrica, que recordaba los tiempos del feudalismo. Rodeada de murallas sin fosos, esta torre que nunca llego a concluirse, ofrecía a la vista del transeunte, un aspecto ruinoso y triste, que estaba como revelando que allí habían tenido su asiento el crimen y la maldad. En el patio que formaba el cuadro amurallado, había distintos nichos de mampostería, que parecían estaban esperando los cadáveres de algunos desdichados. Seis u ocho galerías abovedadas a la altura de un hombre y unidas entre si, de cuatro varas de ancho por diez o doce de largo, presentaban otras tantas entradas oscuras y tenebrosas que infundían pavor a los espíritus pusilánimes. Estas galerías estaban construidas en la parte de la muralla que daba al Norte y tenía encima una especie de terrado sólido, donde podían pasearse muchas personas con toda seguridad. Dos entradas sin rejas daban paso a ese patio original, donde tal vez se proyectó establecer un centro de industria y de trabajo y donde los niños entraban con algún temor, creyendo que no volverían a salir jamás. La torre tenía aun siete pisos allá por el año de 1847, después, en la época que me he referido, al empezar este capitulo, solamente le quedaban dos. En el primº. tenía un foso profundo, los otros no tenían más que las vigas que habían sostenido el pavimento y no daban señales de que allí hubiesen existido escaleras de ninguna clase. Las viejas contaban que todo aquello se había edificado, pª. establecer la inquisición: que su dueño era un Admor. de R. Reales español que había llegado pobre a aquella Ciudad y se había enriquecido con las arcas del tesoro del Estado. Se llamaba Leopoldo Zarragoitia: era un hombre de mala conducta, déspota y cruel, como lo han sido generalmente en Cuba los empleados españoles. Tenía por costumbre sacrificar a su lubricidad a las jovenes de la clase pobre del pueblo, jugaba y formaba parte de una sociedad secreta que no he podido averiguar que tendencias tenía. La construcción de ese castillo lo arruinó, y fué encausado por la Hacienda pública, por los abusos que había cometido en su destino. Después murió pobre, dejando algunos hijos, no legitimos, que conocí llevando una vida miserable y desgraciada, y su nombre a la torre misteriosa.

Recuerdo que cuando yo era niño, iba por las tardes con mis amigos de infancia a levantarme sobre aquellas murallas y sobre aquellas galerías, y siempre tenía miedo de acercarme a la torre, de donde salían las aves nocturnas, espantadas y dando graznidos. Más tarde, cuando ya me hice hombre me parecía que en aquella atalaya tenía su guarida el genio de la tiranía y que corriendo el tiempo había de rodar por tierra pª. dar lugar a las construcciones del progreso y de la civilización moderna.

Los Ttes. Gobernadores de Bayº. aprovecharon de sus materiales, pª. enriquecerse, y poco a poco, fueron desapareciendo las murallas, los nichos y las galerías, quedando unicamente la torre, por ser peligroso derribarla una vez que cerca de si tenía algunas casas que podían ser deterioradas en su caida.

El Conde de Valmaseda al encontrarse con la ciudad incendiada por la misma mano de sus hijos, que prefirieron destruir sus hogares antes que fuesen hollados de nuevo por sus verdugos, se detuvo con su legión de canibales, a pie de las murallas de la torre y en vez de decirle a su tropa, parodiando al gran Napoleón, "soldados, desde estas alturas la humanidad y la civilización nos contemplan", les dijo seguramente: "Soldados, cenizas hemos encontrado, y todo en sangre y cenizas debemos convertirlo". Después acampó en el patio de la torre, la hizo derribar y construyó una fortaleza inespugnable, que artilló fuertemente para establecer allí el centro de sus maldades y asegurarse de todo peligro.

Es el Gral. Villate, Conde de Valmaseda, un hombre obeso, no mal parecido, y de algunos 50 años de edad. No conozco la historia de su vida, pero se que figuró en Vicalvaro al lado de O'Donell, con el grado de Tte. Coronel; después vino a Cuba con el ascenso de Brigr., y estuvo de Gobr. en las Villas y de Pto. Ppe. En ambas partes se ejercitó mucho en las lides de gallos, como si los espectáculos sangrientos fueran sus diversiones favoritas. Figuraba como 2º. Cabo de la Capitª. Gral, de La Habana cuando Lersundi lo envió a Manzllº. a sofocar la insurección. Allí llegó con la hipocresía del que teme un fracaso y trató de alhagar algunos cabecillas dirijiendoles cartas pª. arrastrarlos de nuevo a la servidumbre; pero sufrió una repulsa, y entonces se dirijió al Camaguey pª. engañar a los camagueyanos. El celebre Napoleón Arango le ayudó en sus esfuerzos, pero no sacó otro partido si no haber sido derrotado en Bonilla, por un puñado de patriotas, mal armados, entre los cuales figuraba el que después fué Mor. Gral. Ignacio Agramonte y Augusto un hermano de Napoleón.

En Enero del 69 salió de San Miguel de Nuevitas con una columna de dos mil hombres y cuatro cañones; circunstancias largas de referir, que corresponden a la historia, le hicieron avanzar hasta el Cauto, huyendo siempre de nuestras partidas, que lo perseguían; y allí derrotó la columna desorganizada del Gral. Donato Marmol, no sin sufrir muchas bajas. Después entró en Bayº. sin resistencia por parte de los patriotas, y lo que hizo allí los primeros días de su llegada ya queda referido.

Quien me hubiera dicho que aquella torre que me infundía pavor cuando era niño, porque representaba la idea que ennegreció los tiempos de la edad media, había de ser , al fin, la caverna del tigre que ha ensangrentado los campos y las Ciudades de la patria!. Aquellos soldados que aterrorizados, y cobardes llegaron a una ciudad hecha cenizas, al no encontrar fuertes enemigos que combatir, se derramaron, a la vez de su General, con la tea en una mano y el rifle en la otra por aquellos bosques y aquellos caseríos y acuchillaron sin compasión alguna a niños, mujeres y ancianos indefensos. El terror se difundió por el contorno de la caverna artillada y la fiera empezó a cebarse con el asesinato y a enriquecerse con las confiscaciones y con el robo.

Y cuando ya harto de tanta sangre derramada, hidrópico de tanto crimen y tanta espoliación, no tenía conciencia donde resistir sus remordimientos ni arcas donde guardar las riquezas que había amasado con lágrimas, entonces, hipocritamente le decía a sus secuaces: "no me traigais ningún prisionero vivo porque lo perdono; que era lo mismo que decirles "matadlos a todos como mejor os parezca".

Si fuera a narrar la historia de tanto hecho escandaloso y salvaje, tendría que escribir un libro sobre de esa gran masa líquida, que son casi todos los rios que se precipitan de la Maestra, arrastran entre sus diafanos cristales.

Después, por los eminentes servicios que a la causa española estaba prestando, el Gob. de Madrid lo lleno de cruces y condecoraciones, y lo elevó a la categoría de Captn. Gral. de la Antilla para que trocase su caverna de "Zarragoitia" y su cueva del Cauto, por la gran madriguera dorada, que se llama palacio de la Capitanía Gral., en cuyos contornos se ajitan otras fieras renombradas, que se titulan voluntarios españoles; y que no pudieron alcanzar mayor dicha que la que se les pusiera como Gefe Superior al hombre que había adoptado por programa político el engaño, la destrucción y la matanza. Si puedieran darse a la luz pública los documentos que deben existir en los archivos de ese centro de Gob., el mundo habría de persuadirse del modo con que España ha gobernado y gobierna aun la perla de las Antillas, y habría de espantarse sobre la instrucciones horribles que el "Tigre de Zarrogoitia" daba a sus subalternos en esta guerra. Pero los asesinatos de los niños, estudiantes, que por ser una pública carnicería no pudieron ocultarse ante los ojos de los pueblos cultos, son un doloroso rasgo de las atrocidades que el Gral. Villate perpetró asociado a los vendedores de carne humana y a los vendedores y manteca. Cincuenta mil soldados y 70 millones de pesos, consumidos en la lucha, sin que la metrópoli sacase otro provecho que la deshonra para si y pª. su Ejercito, agregados, según se asegura, a las reclamaciones de E.U. y de Inglaterra, obligaron al Gabinete de Madrid, a llamar a su seno al Conde de Valmaseda, a despecho de los voluntarios de la Isla, que aullaron de rabia y desesperación, ante una medida que les arrebataba el idolo de sus adoraciones y el más firme sostén y sumiso observador de los mandatos de su Gob. pretoriano. Pero el "tigre de Zarrogoitia" estaba enriquecido, y había perdido ya la esperanza de coronarse con el laurel de gran pacificador; y sin gran disgusto, antes más bien acosado por su conciencia; tomó una nave, de esas que le habían servido pª. pasearse por nuestras costas, arrullado por las brisas americanas; hizo rumbo a las playas españolas y vientos bonancibles lo llevaron a la tierra donde nació, pª. ser, andado el tiempo, un monstruo de la humanidad. Allí estará haciendo ostentación de unas riquezas arrancadas a la horfandad y a la inocencia: allí entre damascos y brocados, reclinado en dorada cama, con el vientre alzado y la cara hidrópica y enrojecida por el vino, sufrirá las pesadillas de los grandes criminales, y donde quiera que vuelva los ojos, verá los cadáveres de sus víctimas ajitarse convulsas entre las agonías del dolor. Ojala que su existencia se alargue, para que se alarguen también sus crueles remordimientos!. Que ese gigante del crimen, ese gran Minotauro, ese Sowarow; ese Mouravieff, esa figura siniestra de la Revolución cubana, quedará suficientemente castigado, con que las generaciones venideras lo contemplen en las paginas de la historia, sobre la escena de esta lucha sin ejemplo, cubierto de cintas y condecoraciones, y con la frente ennegrecida por el oprobio de los pies bañados por un mar de sangre.

 

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