La Revolución de Yara

LA REVOLUCION DE YARA de Fernando Figueredo Socarrás. Sobre la destitución del presidente Carlos Manuel de Céspedes el 28 de Octubre de 1873.

"El pequeño rió "Limones" despeñándose de la sierra del Cobre, en el Departamento Oriental de nuestra patria, después de atravesar una región fértil y rica de la jurisdicción de Santiago de Cuba, notable antes de Octubre de 1868 por la superioridad del tabaco de sus vegas, va a perderse al fin, mansamente, en el majestuoso Cauto. En uno de los recodos que forma, existió antes de la guerra de Cuba, en los momentos en que da comienzo esta narración, una hacienda, demolida luego como todas las demás al alcance de la Revolución, que aunque tuvo alguna importancia por la calidad de la rama que producía, hubiera pasado inadvertida si el reloj del tiempo no señalara el 28 de octubre de 1873.

 

Si alguno de vosotros, no enterado de los acontecimientos locales en aquellos días, hubiese recorrido las inmediaciones de esa hacienda a las cinco de la tarde del día mencionado, habría escuchado el eco lejano de una gran algazara que partiendo de aquel lugar, rompía el silencio natural que a esa hora se va apoderando de los bosques de nuestra patria. Se habrían notado distintamente voces que indicaban un gran alborozo, pues los vítores y los hurras hendían el espacio. Quizás atraído por la curiosidad que despertara en vuestro animo aquel vocerío, os habríais dirigido, guiados por el ruido, al lugar de donde partían las voces; y recorrido el trecho que os separaba de el, encontrarais grupos de hombres armados, que ajenos, al parecer, a lo que ocurría poco mas allá, hablaban, tal vez indiferentemente, de cosas extrañas a lo que causara el contento de la multitud. Seguid las voces hasta que encontréis un grupo mas numeroso, del cual se adelantara un hombre armado, como los demás, que os interrumpirá el paso. Esta es una avanzada: pedid al oficial que os permita salvarla, penetrad, y a poco mas que caminéis os hallareis en el campamento.

 

Los grupos de hombres se suceden: sobre una gran extensión plana los pabellones, de pencas de palmas unos, de lona otros, alineados, en numero de 700 a 800, forman calles rectas, anchas, regulares y limpias: entre las tiendas, una mas grande que las otras, ostenta el pabellón cubano que, extendido por la brisa, no permite hacer una sola arruga a sus listas azules y blancas, mientras que la estrella aparece, como si irradiara, en el centro del triangulo rojo. Después del campamento, en una vasta llanura, sobre mil quinientos hombres armados forman en parada, y grupos de jefes a caballo recorren la línea en toda su extensión, y los oficiales que funcionan como ayudantes, a caballo también, se mueven constantemente de un lado a otro. Algunos leen, al parecer, una alocución, y la línea de hombres prorrumpe en vítores.

 

¿Que lugar es este? ¿Que pasa allí ? ¿Que ocasiona el contento de aquella multitud? Dirigíos a aquel oficial, que luce los galones de Capitán y que solo, reclinado sobre el verde césped, parece como impresionado tristemente por lo que acontece: es uno de los pocos que no gritan, ni participan de la alegría general. Interrogadle y os contestará: "Este lugar se llama Bijagual, y la Cámara de Representantes, el Poder Legislativo de la Republica, acaba de deponer de sus altas funciones al C. Carlos Manuel de Céspedes, que, hasta este momento, ha ejercido el cargo de Presidente de la Republica. Os encontráis en el Cuartel general del Jefe del Departamento militar de Oriente, Mayor General Calixto García Iñiguez, que, vedlo, a caballo, rodeado de su Estado Mayor, recorre la parada. Esos oficiales que se dirigen a las fuerzas, leen la orden del día del Cuartel general, anunciando al pueblo y al ejercito el grave acontecimiento; y después del Grito de ¡Viva la Republica! ¡Viva la Ley! con que la alocución termina, el pueblo añade: ¡Viva el nuevo Presidente de la Republica! La Cámara ha terminado su sesión con el acto del juramento del nuevo Presidente que, en este instante, se ocupa en organizar su Gabinete. El cargo de Presidente de la Republica ha recaído, interinamente, en el C. Salvador de Cisneros y Betancourt, mientras regresa el Mayor General Francisco Vicente Aguilera, Vicepresidente de la Republica, y en lo sucesivo Presidente en propiedad. Estaba previsto por una ley del Cuerpo Legislativo, a propuesta o indicación del Presidente Céspedes, que el Presidente de la Cámara, que hasta hoy ha sido Cisneros, sustituya interinamente al de la Republica en caso de deposición o muerte. Mirad: ese oficial que se aleja con cuatro hombres, es el correo portador de la noticia al Pre­sidente Céspedes, quien hasta este momento reside, como Jefe de la Republica, en Cambute, unas tres leguas de distancia de este Campamento".

 

Si; el Presidente de la Republica acababa de ser depuesto de sus funciones: el que tiene la honra de dirigiros la palabra, amigo de Céspedes, su constante compañero desde los primeros días de la Revolución, hasta aquel en que fue separado de su cargo por la Soberanía nacional, encarnada en la Cámara de Representantes; jefe de su cuerpo de Ayudantes a la sazón, tuvo el indecible disgusto de ser, por triste casualidad, testigo de una escena dolorosa para el y algunos pocos. Es un hecho que el pueblo, como embriagado por la lectura de la nueva, aplaudió frenéticamente la deposición del Primer Magistrado de la Republica. Comprenderéis ahora, fácilmente, los motivos que me han obligado a comenzar mi narración en los momentos de la deposición de Céspedes: ligado al héroe de Yara por lazos íntimos, no obstante haber estado en desacuerdo con el en muchos actos políticos, no podría juzgar su conducta y la de la Cámara con severa frialdad: no se si podría ser todo lo imparcial que debiera tratándose de mi amigo y compañero, y, por lo tanto, he preferido callar.

 

Lo que os he referido, sin embargo, y mucho mas que he leído y oído en la emigración, y las erradas apreciaciones que diariamente se emiten acerca de un hecho tan trascendental, me obligan a detenerme y examinarlo, aunque sea ligeramente.

 

Se ha hablado hasta la saciedad acerca del particular y, desgraciadamente, para apoyar sus razones los que han simpatizado con el ilustre mártir, emplean sofismas o errores capaces de desvirtuar la mejor defensa. Se ha acusado a la Cámara de Representantes de haber sido la iniciadora del primer motín que se oper6 en los campos de Cuba: se la ha considerado sin autoridad para deponer a Céspedes: se ha dicho que siete mozalbetes ignorantes y ambiciosos, sin cono-cimiento ni consentimiento del pueblo, tomaron aquella determinación para es-calar envidiosos, el poder; y por todos los rnedios posibles se ha presentado el acto como ilegal.

 

fue la deposici6n de Carlos Manuel de Céspedes, un motín de la Calara? No, porque en tal caso seria necesario acusar de igual crimen a los Jefes militares del Departamento de Oriente, en su mayor numero, pues el acuerdo fue tornado a presencia de los Generales Calixto García Iñiguez, Modesto Díaz y Manuel Calvar, Jefes principales de las tropas; Brigadieres Maceo y Pérez, y Coroneles Prado, Moncada, Borrero y Leyte Vidal, y, como ya he dicho, si no todos, la inmensa mayoría de los Jefes, todos los oficiales y agrupaciones importantísimas de las fuerzas de Guantánamo, Cuba, Holguin, Jiguani, Bayamo y las Tunas; representaban, casi en totalidad, al Departamento de Oriente. Alii no hubo una sola voz que calificara el acto de motin, y si exceptuamos una fracción, harto insignificante por cierto, de tropas de Bayamo, del batallón "Luz de Yara" a las ordenes del Teniente Coronel Juan Ramirez Romagoza y algún jefe u oficial que privadamente significaron sentimiento, el resto, la mayoría, si no aplaudió con frenesí, manifestó su asentimiento y la generalidad lo estim6 como una necesidad del momento. La Cámara estuvo, de hecho, apoyada por el pueblo: ella escogió para llevar a cabo tal medida un lugar y un día en que preparando el General García determinada operación de importancia, había de reunirse el mayor numero posible de hombres, como efectivamente concurrieron sobre mil y quinientos a aquel imponente acto. La noticia de que la Cámara se proponía deponer a Céspedes era conocida desde tres días antes por mas de dos mil cubanos, y, sin embargo, nadie hizo otra cosa que lamentar la necesidad del hecho, mas por simpatías a la persona del ilustre anciano, que por oposición a la medida política que se intentaba.

 

¿Tenia facultades la Cámara para deponer, como lo hizo, al Presidente de la Republica? Solo un sofista o uno que desconozca la Ley fundamental por que se regian los cubanos, puede negar el derecho que a la Cámara de Representantes asistió para proceder en la forma que lo hizo. La Constitución de la Republica, cuyo proyecto fue redactado por jurisperitos como Ignacio Agramonte y Loynaz y Antonio Zambrana, comisionados al efecto por la Constituyente, en su celebre reunión de Guaimaro el diez de abril de 1869, fue discutida, votada y aprobada por el Cuerpo constituyente, del que formo parte Carlos M. de Céspedes, quien la juro sin hacer objeción alguna, como Presidente de la Repu­blica, el doce del mismo mes y año: la Constitución tiene entre sus artículos uno que dice: "La Cámara de Representantes puede deponer libremente de sus cargos a los funcionarios cuyo nombramiento le corresponde". Este articulo está en relación con otro anterior, que dice: "Compete a la Cámara el nom­bramiento de Presidente de la Republica, de General en jefe y la mesa de ella misma". Nadie puede, pues, negar autoridad a la Cámara para haber depuesto a Céspedes del cargo de Presidente, con el mismo derecho, y apoyada en el mis­mo articulo, con que depuso del cargo de General en jefe, a fines del ano 1869, al Mayor General Manuel de Quesada.

 

A Céspedes se le depuso sin oírle ni permitirle que se defendiera, dicen algunos. Así es la verdad: pero lo es también que la Cámara tenia este derecho, pues la Constitución en el articulo antes citado, dice: libremente. La Cámara pudo haber anunciado su resolución al pueblo después de acordarla en sesión secreta, sin testigos de ninguna clase, según la forma en que trabaja, y habría estado en su derecho, dentro de la Ley: sin embargo, lo hizo públicamente, en presencia de mil quinientos hombres, delante de los cuales cada uno de los Diputados fue formulando sus cargos contra el Presidente. Tan publica fue aquella sesión, que recuerdo presenciando el acto, confundidos en la multitud, a los prisioneros españoles Rosal y Peñalver, según lo refiere el primero en su folleto Mi cautiverio entre los mambises. Si alguien hubiera tratado de defen­der a Céspedes, se le hubiera oído; pero el pueblo otorgo callando, y la Cámara voto, por unanimidad, la proposición.

 

Se ha dicho que siete mozalbetes tomaron la resolución. No fueron siete, sino ocho, los Representantes que votaron en aquella sesión. Ramón Pérez Trujillo, abogado habanero, Representante por Occidente, presento la proposición, que fue apoyada por Tomas Estrada Palma, Representante por Oriente. Vota­ron, además, los Diputados Fornaris y Rodríguez, por Oriente; Machado, García y Spotorno, por las Villas, y Luís Victoriano Betancourt por Occidente. Sal­vador de Cisneros, único Representante por Camaguey, presente en aquella se­sion, Presidente de la Cámara, se excuso, como prevenía la Ley, de tomar parte en cuanto concerniera a la deposición del Presidente de la Republica, y tan pronto como Pérez Trujillo anuncio la proposición, abandono la silla y el local. Machado presidio durante el resto de la sesión. La Cámara en esos momentos estaba compuesta por solo los presentes y Francisco Sánchez Betancourt, ausente, Representante por Camaguey. Los Diputados Peña, por Oriente, y Antonio Zambrana, por Occidente, acababan de marchar al extranjero, sin con-sentimiento de la Cámara. Hacia tiempo, desde 1871, que dada la situación del país y la crudeza de la guerra, eran suficientes siete Diputados para formar Quórum, con lo que se deja demostrado que los ocho asistentes constituían legal-mente la Cámara. Nadie tuvo la culpa que fueran mozalbetes, si puede calificarse de tales a hombres como Cisneros, Rodríguez, Spotorno y Estrada, que peinaban canas, y como Pérez Trujillo, García, Fornaris, Betancourt y Machado, mayores todos de treinta años. La Constitución exigía la edad de veintiún arios para ser elector y elegible. Todos, pues, estaban dentro de la Ley.

 

Eran ignorantes? Así lo califico una publicación de New York. Si eran ignorantes, la culpa de que ocuparan tan honoríficos puestos no fue de ellos, sino de los que los eligieron: estaban sentados en la Cámara, obedeciendo el mandato del pueblo. Y debo manifestar aquí que, relativamente, dadas las excepcionales circunstancias en que se realizaba, no era posible exigir mayor legalidad en el importante acto de elegir los Representantes del pueblo. Había una Ley electoral tan rígida y se cumplía con tan religiosa escrupulosidad, como puede haberla y cumplirse en la Confederación Helvética o en el Reino de Bélgica. Alii no existían candidaturas ministeriales: cuando un elector se acercaba a la urna y votaba, lo hacia por la persona o personas que mas le agradaban: cuando mas, un capitán se permitía hacer alguna indicación: el acto era libre y verdaderamente popular. Con uno o dos meses de anterioridad se anunciaba el día señalado por la Cámara para llevar a cabo las elecciones, y la noticia, como todas, gracias a nuestra perfecta organizacion,llegaba a conocimiento del mas alejado individuo de la familia cubana. El día marcado por la Ley, dando al acto la requerida importancia, se reunían en el campamento mas inmediato todos los vecinos hábiles para votar, y confundidos con el ejercito, depositaban su voto libre ante una mesa nombrada por el Jefe militar del cam­pamento, compuesta de un Presidente, que debía ser el o el oficial inmediato en el orden jerárquico, un Vocal y un Secretario. Esta comisión anotaba el nombre, edad y vecindad del votante, y así se continuaba hasta que

a las cinco de la tarde quedaba cerrada la votación. El resultado se hacia constar en un acta que suscribían todos los presentes, y en pliego cerrado y sellado se remitía directamente al Gobierno de la Republica, que iba recibiendo iguales documentos de cada un campamento en que la elección se hubiera efectuado. El Ejecutivo hacia el resumen y escrutinio, que con los datos auténticos eran elevados a la Cámara, la que, después de oída la comisión de su seno nombrada para el examen de unos y otros, declaraba electos a los que habían obtenido mayor numero de votos y los proclamaba Diputados a la Cámara, e iban los electos a sentarse en aquellos bancos de cujes, tan augustos y tan respetables como los sillones de la mas rica y lujosa Cámara de Representantes.

 

¿Tomaron ellos el acuerdo de deposición, por miras ambiciosas, por usar el poder arrancándolo de manos del Presidente? No, porque desde luego declaro la Cámara, conforme a lo legislado, que Cisneros asumía la Presidencia de la Republica con las facultades que le eran anexas, mientras regresaba el Presi­dente en propiedad. El único que podía aparecer beneficiado era Cisneros, y precisamente recibía con este acto señalado perjuicio, pues dejaba de ser Re-presentante del Camaguey para desempeñar un puesto que podía durar brevísimo tiempo, hasta la llegada del propietario, y al que no dedicaría toda su atención ni diligencia por el hecho mismo de su inconsistencia. En Cuba, como en la generalidad de los países por Gobiernos representativos, el cargo de Representante del pueblo era incompatible con otro cualquiera, según lo prevenía un articulo de la Constitución, y Cisneros, una vez llegado Aguilera, dejaría la Silla quedando de simple ciudadano, mientras que sus compañeros continuarían honrándose con la representación de su pueblo.

 

No ha sido mi animo, al hacer estas consideraciones, defender a la Camara de Representantes por su resoluci6n contra Céspedes: mi objeto único ha sido dejar la verdad en su lugar para que cada cual pueda formar un juicio exacto acerca de cuanto se ha dicho o escrito respecto al Cuerpo Legislativo de la Republica de Cuba.

 

Salvador de Cisneros y Betancourt, ex-Marques de Santa Lucia, que, como Presidente de la Republica acababa de prestar juramento de guardar y hacer guardar la Constitución, era en los momentos en que se le coloca en el sitial mas elevado de su país, uno de los patriotas justamente estimados en el campo de la Revolución. Alto, delgado, de constitución fuerte y carácter extremadamente bondadoso, a los cuarenta y cinco anos que contaba entonces, había prestado importantísimos servicios a la causa de la libertad de su Patria. Siendo joven aiin, cuando los acontecimientos desgraciados de Camagiiey que en 1851 llevaron al patíbulo a Joaquin Agiiero, Zayas, Benavides y otros mártires de aquel movimiento, comprometido seriamente en el, tuvo que emigrar al extranjero: ya Cisneros se había distinguido por la rectitud y firmeza de sus principios. De regreso a su ciudad natal, dedico toda su actividad a la causa que había abrazado, y con Augusto Arango, y otros patriotas distinguidos, trabajaba, sin cesar, porque luciese el sol del ansiado día en que Cuba lanzase el grito de Independencia. Puerto Príncipe era un foco de conspiración contra Espafia, y Santa Lucia, el alma de ella, llenaba perfectamerite las formas con el Gobierno, escudado en su titulo nobiliario y aceptando cargos honoríficos en el Municipio camagueyano.

 

Cuando llego el año de 1868 y crecio la actividad de todos los Centros patri6ticos de la Isla, haciendo prever que el anhelado dia se acercaba, el Mar­ques de Santa Lucia, como era conocido de todos, se multiplicaba afanosamente en sus trabajos patrióticos, haciéndose notar como temible conspirador. En Agosto de ese año celebraron una reunión en San Agustin de las Tunas, Salva­dor de Cisneros y Carlos L. de Mola, representando al Camagiiey; Pedro Figueredo, a Bayamo; Carlos M. de Céspedes, a Manzanillo; Vicente García y Fran­cisco Muñoz Rubalcava, a las Tunas, y Belisario Álvarez y Salvador Fuentes, a Holguin. Alli se expusieron las condiciones de cada un distrito, sus recursos en hombres, armas y dinero y terminaron acordando que el grito de Independencia se lanzaría en el mes de diciembre o en el de enero, avisándose previamente el día grandioso. Salvador Cisneros, Presidente de la Junta revolucion aria de Puerto Príncipe, era también Venerable Maestro de la Logia masónica Tinima, que en Camaguey, como en las que existían en Bayamo, Cuba, Manzanillo y Holguin, no fue otra cosa que el santuario de la idea de la libertad de nuestra Patria. Poco antes del diez de Octubre fue Cisneros a La Habana, en comisión del Centro Revolucionario, para informar a los Clubs de la capital del estado de cosas en Vuelta Arriba.

 

El diez de Octubre, no obstante ser la Revolución ansiosamente esperada por todos, sorprendió al Camaguey, que desde ese día no pensó en otra cosa que lanzarse al campo, como lo efectúo en masa el cuatro de noviembre siguiente. La Revolución del Centro lo primero que hizo, aun bajo las bombas de artillería del glorioso combate de Bonilla, fue organizarse en forma democrática, nombrando al efecto un Comité, la Asamblea del Centro, que se entendiera en todo lo relativo a la administraci6n del Estado, y un General en Jefe que dirigiera las operaciones militares, quedando este cargo subordinado al Comité. Compusieron este, Salvador de Cisneros, como Presidente, e Ignacio Agramonte, Eduardo Agramonte y Francisco Sánchez Betancourt, como Vocales, llevando la Secretaria el primero. El cargo de General en Jefe recayó en el malogrado caudillo Augusto Arango. Salvador de Cisneros continu6 en su puesto hasta que, después de haber sido reforzado el Comité con un valioso miembro, el ilustrado orador Antonio Zambrana, abogado habanero, paso como la genuina representación del Camaguey, a formar parte de la Asamblea constituyente que el diez de abril de 1869 se reunió en Guaimaro. De la Constituyente nacieron la Cámara y el Ejecutivo. Salvador de Cisneros fue nombrado por aclamación Presidente del Cuerpo Legislativo, en cuyo puesto le sorprendieron los sucesos del 28 de Octubre de 1873.

 

Durante el desempeño de sus cargos como Representante del Camaguey y Presidente de la Cámara, Cisneros incansable siempre, se ocupo en funciones ajenas a su cargo, sin desatender este, y de interés vital para la Revolución. A el se debe la instalacion de los talleres en el Camaguey, principalmente el de fabricacion de polvora, el que pueda afirmarse salvo a la Revolución en 1871. En la acción que dirigió el General Agramonte contra la torre de Pinto o Colon, en Marzo de 1871, recibió Cisneros una herida: una bala de Remington le fracturo el brazo izquierdo. Pocos hombres en la historia de la Revoluci6n de Cuba han tenido un nombre tan esclarecido como Salvador de Cisneros.